El frío del vacío

"Islandia", de Lluïsa Cuillé
Paula Blanco y Jordi Oriol, en la obra / Foto: May Zircus y David Ruano
ISLANDIA

En algún momento de su concepción, allá por 2009, quizá Islandia constituyera una idea atractiva. Puedo imaginarme a Lluïsa Cunillé, una de las dramaturgas españolas más justamente celebradas de las últimas décadas, queriendo construir un relato que hablara de la crisis financiera y a la vez del desencanto, de la desilusión a la que un joven se enfrenta cuando parte en busca de sus raíces y se da de bruces con la pesadilla de una América marginal y un desarraigo emocional. Pero todo ello, en escena, se convierte en este título que dirige Xavier Albertí, en una de las historias más frías y vacías que se hayan contado en los últimos tiempos en el Centro Dramático Nacional. Un largo viaje a ninguna parte en el que el espectador se siente tan atrapado como su protagonista.

Islandia, que podía haberse titulado perfectamente Grecia, España, Luxemburgo o Samoa, qué más da, parte de un arbitrario mcguffin, el de un título que quiere prometer una historia con trascendencia o arraigo cultural. Pero lo único islandés que ofrece es el pasaporte de un chaval (el joven intérprete Abel Rodríguez) que viaja a EE UU en busca de una madre (Lucía Quintana) que lo abandonó hace tiempo para casarse con un carnicero en Nueva York (Juan Codina). Islandia, como idea, resume la extrañeza de cada norteamericano pobre que el joven encuentra en su particular peregrinaje laico -que Cunillé resuelve en una iglesia, en uno de los pocos guiños interesantes de la aventura-. Cada vez que menciona su procedencia, un ejemplar de white trash norteamericano, prototípicos perdedores mil veces vistos en el teatro de Shepard, de Labute o de Mamet, tuerce el gesto, como si el mundo no existiera más allá de las paredes de la Gran Manzana.

Islandia, que podía haberse titulado Grecia, España, Luxemburgo o Samoa, qué más da, parte de un arbitrario mcguffin, el de un título que quiere prometer una historia con arraigo cultural”

Lo que podía haber sido un relato oportuno sobre la inmigración en la Era Trump queda reducido a un intrascendente viaje de autodescubrimiento protagonizado por un joven algo bisoño que se va dejando engañar y arrastrar por los modernos vendedores de humo, pobres diablos que viven sin esperanza en la orilla del sueño americano donde varan los desechos sociales. Son timadores de poca monta, mujeres del Bronx que se desprenden de sus recuerdos en saldos de objetos inservibles, esquizofrénicos que malviven entre mantas y obsesiones caninas, carniceros desastrosos que acaban vendiendo perritos calientes, brokers arruinados que mendigan comida… Joan Anguera, Lurdes Barba, Albert Prat y Albert Pérez van dándoles vida con desigual fortuna, como el resto del reparto, arrastrado en general al tono anodino de la función.

Ninguna de estas criaturas tiene nada especial, sin embargo, y los diálogos de Cunillé, tantas veces llamativos por su humor inclasificable, optan aquí por la sequedad, el tempo lento, la melancolía. El ingenio de Viajeras o Húngaros, o la poesía de Aquel aire infinito, entre otros textos de la autora, muchos de ellos en su larga trayectoria con la compañía Hongaresa, no asoman en este viaje, al que tampoco asiste la clara intencionalidad de Después de mí el diluvio, la anterior incursión de Cunillé en el CDN, en 2008, en la que hablaba del horror de las guerras y los abusos en África (antes había estrenado en el Teatro Valle-Inclán Barcelona, mapa de sombras, en 2006).

“Lo que podía haber sido un relato oportuno sobre la inmigración en la Era Trump queda reducido a un intrascendente viaje de autodescubrimiento protagonizado por un joven algo bisoño”

Las escenas se alargan tristemente y queda la sensación de que ya sabemos a dónde se dirige todo desde el principio. Y no me refiero tanto al opresivo andén de metro que recrea la escenografía de Max Glaenzel, como al desenlace de todo este viaje, del que intuyo que la dirección de Albertí, sin ideas novedosas, sin juego, morosa en su ritmo, exasperante en su planicie, es igual de responsable.

Todo ello supone un revés a las promesas de la primera escena, el despertar de un hombre en su casa (Jordi Oriol) y la extraña conversación que mantiene con una camarera que irrumpe allí (Paula Blanco), con referencias a la crisis financiera y al rumbo perdido de Europa. No es que sea brillante tampoco, pero la obra podía haber explorado ese desdoblamiento onírico con el que sorprende cuando el joven protagonista parece aparecer de la nada, debajo de la cama. Como si quisiéramos analizar Mullholand Drive, quién sabe si Cunillé ha escrito un fino análisis sobre la muerte o sobre la locura, si el protagonista de la primera escena está en el limbo, si el chico que es o que fue es un recuerdo, una jugarreta de su mente…

No importa porque nada de ello se sostiene después en el tránsito dramático.

Cunillé podía haber optado por el teatro surrealista, incluso cabría haber asistido a un viaje sociopolítico… Lo que fuera. Cualquier cosa mejor que larga nada familiar-indagativa. Para viajes chocantes de buqueda y encuentro, me quedo con el agudo y mucho más acertado título Una vida americana, de Lucía Carballal.


Autor: Lluïsa Cunillé. Dirección: Xavier Albertí. Intérpretes: Joan Anguera, Lurdes Barba, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat, Lucía Quintana, Abel Rodríguez. Escenografía: Max Glaenzel. Iluminación: Ignasi Camprodon. Vestuario: María Araujo, Marian García. Sonido: Lucas Ariel Vallejos.  Teatro María Guerrero. Madrid.

Estrellas Volodia
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