Ascenso y caída de la ciudad sin ley

Lehman Trilogy, de Stefano Massini y Sergio Peris-Mencheta
Una escena de Lehman Trilogy, con parte del reparto
LEHMAN TRILOGY

Lo diré por las claras: estamos ante uno de los espectáculos del año. Acaso ante “el” espectáculo, a falta de lo que pueda deparar el arranque de temporada. Entrar en el torbellino histórico-político-económico-ético que propone el autor italiano Stefano Massini en Lehman Trilogy, y hacerlo en la versión teátrico-cabaretera que se ha sacado de la manga de prestidigitador escénico Sergio Peris-Mencheta -qué carrerón lleva desde que le dio por coger la ‘batuta’- es sumergirse en la conquista del Salvaje Este, en el ascenso y caída de la ciudad de Mahagony, en la historia de la ciudad sin nombre (o sin ley) y en la del imperio Americano, en el nacimiento del capitalismo contemporáneo y en el crepúsculo de los dioses, todo junto. Lehman Brothers es la historia del dinero y el capitalismo comprimido en una experiencia teatral total.

Lehman Trilogy es el retrato de una dinastía, una obra a la manera de las grandes sagas familiares, que cuenta la historia de esos banqueros, los Lehman Brothers, que en 2008 reventaron la burbuja de la economía mundial. Con ellos conocimos palabras como crisis y bonos basura y el mundo entró en una década para olvidar. O para aprender. Fueron el epítome de una era sin moral, el tiburón hambriento que acabó devorándose a sí mismo después de haber acabado con todo lo que le rodeaba.

Pero la obra de Massini -autor pujante de los escenarios europeos, en Madrid se vio hace dos años su aplaudida Mujer no reeducable– reserva tan solo un mínimo espacio, ya al final y casi de pasada, al crack del 2008.

“Lehman Trilogy es el retrato de una dinastía, una obra a la manera de las grandes sagas familiares, que cuenta la historia de los banqueros que en reventaron la economía mundial”

Lehman Trilogy es en realidad la historia de los hermanos Lehman originales, Henry, Emmanuel y Mayer, tres inmigrantes judíos alemanes llegados a Alabama en 1848 con ganas de comerse el mundo. Es la historia de cómo comenzaron a comerciar con telas, después con algodón y luego con algodón inexistente, adelantándose a la cosecha (acababan de inventar los “futuros”). En unos años pasaron de tener una tienda de tejidos en Montgomery a ser “intermediarios”, un término que la obra cuestiona con ironía, una creación de las economías contemporáneas, alguien que incrementa el valor de un bien a menudo sin aportar nada. En unos años, los Lehman distribuían el algodón de más de una veintena de grandes plantaciones entre los compradores finales.

Lehman Trilogy es la historia de cómo los Lehman se expandieron hacia Nueva York y cómo sortearon la Guerra Civil americana sabiendo nadar y guardar la ropa, arrimándose a ambos bandos y abriendo negocio en Europa por si acaso los cañonazos entre Sur y Norte les alcanzaban. Es la historia, narrada en tres hábiles escenas con entreactos -gracias, herr director, por los respiros para estirar las piernas-, de los Lehman originales y sus descendientes: Philip, el visionario de los ferrocarriles y la banca, primero; Herbert, el senador; Bobby, ya bien entrados en en el siglo XX, el reinventor del gran banco en sus momentos más difíciles pagando el precio de abrirse a negocios de alto riesgo… Ya se había plantado la semilla del abismo. Y finalmente, claro, la caída de los dioses.

“Peris-Mencheta convierte esa inmensa historia, un relato épico del dinero y el capitalismo, en un cabaret lúdico y festivo en el que no falta buena música. Pero el cabaret no eclipsa al teatro”

Peris-Mencheta convierte esa inmensa historia, un relato épico del dinero y el capitalismo, en un cabaret lúdico y festivo en el que no falta buena música, desde las tradiciones hebreas hasta el pop-rock de los 60 y 70, con Dylan y los Beatles en escena, pasando por el gospel y el folclore americanos de raíz. Sí, podríamos hablar de un musical en certa manera. Un gran musical por cierto, en el que los actores también tocan varios instrumentos y demuestran buenas dotes, cómodos en la fenomenal partitura que ha compuesto Litus Ruiz a ocho manos junto a Xenia Reguant, Ferrán González y Marta Solaz.

Pero el cabaret no eclipsa al teatro textual. El montaje en ese sentido es memorable, con un sexteto de actores entregados al exceso pero perfectamente engrasados en un mecanismo común. Por eso cada grito de Baruch Hashem (“alabado sea Dios”) es un coro, una afirmación escénica, una guía que nos dice por dónde debe recorrer la obra, que es un enorme juguete en el que los actores dan vida a personajes fijos pero también se reparten una serie de comparsas, desde las esposas e hijas hasta los clientes y competidores (no falta en la historia otra saga ilustre de banqueros, los Goldman-Sachs).

Litus Ruiz, músico y actor, Pepe Lorente y Leo Rivera devoran con talento y potencia el escenario con sus recreaciones del trío original, Henry, Mayer e Inmanuel, pero no menos lo hacen un soberbio Víctor Clavijo cuando encarna al altivo alumno aventajado Philip o Darío Paso como el decadente Bobby, acompañados por Aitor Beltrán, enorme en varios papeles. Con un sexteto así el circo de tres pistas que ha montado Peris-Mencheta es capaz de todo.

“Hay mucho teatro en la escenografía, que transita con habilidad, moviendo una tabla aquí o unas cortinas allá, por el almacén decimonónico, el salón burgués o la naciente bolsa de Wall Street”

Lo del circo es metafórico, aunque solo en parte, ya que la inteligente escenografía de Curt Allen Wilmer, que se sirve de una estructura abierta de hierros y maderas con una pista circular giratoria en su base, acaba convirtiéndose en una imagen circense. ¿Un juego sencillo? Para nada. Hay mucho teatro en esta apuesta escenográfica, que transita con habilidad, moviendo una tabla aquí o poniendo unas cortinas allá, por el almacén decimonónico, el salón burgués donde las muchachas de buena cuna tocan el piano para los invitados y los negocios se cierran con apretones de manos, las calles polvorientas sureñas o la naciente bolsa de Wall Street, fundada por los Lehman y otros banqueros cuando lo de comerciar con bienes como el algodón o el tabaco por separado se les quedaba corto.

Vestuario, música e iluminación vienen a darse la mano con talento y acierto en este espectáculo redondo en lo teatral que sin duda cabe recomendar a cualquiera que separ sortear el “localidades agotadas” o esté atento a las reposiciones.

Más allá de lo teatral, no obstante, el espectador no entregado a la causa anticapitalista le verá las patitas al lobo por debajo del bello entramado y sonreirá discretamente en su butaca: para Massini y Peris-Mencheta el problema no es que los herederos de los Lehman originales derivaran el negocio bancario hacia los fondos buitre y las hipotecas basura construyendo un castillo de naipes insostenible con la avaricia como único pilar. Para el autor y el director, da la sensación, la mera idea de la banca es cuestionable. Incluso antes: la idea de un empresario que quiere hacer crecer su negocio lo es. Capitalistas malvados, pues. Y judíos. No quiero lanzar dedos acusadores, porque, insisto, estamos ante un espectáculo soberbio, pero sin duda hay en la obra, si no un antisemitismo explícito, sí una cierta antipatía de manual hacia el ‘pueblo elegido’.

Parece que desde Shakespeare no hemos avanzado demasiado. El malo es Shylock. No digo que no tenga lo suyo, porque lo de pedir como intereses una libra de carne es de podium del mal. Sin embargo, no se le juzga por eso, sino por ser usurero y judío. Y mientras, los Antonios les seguirán pidiendo a los Shylocks dinero para sus barcos -o sus guerras, o sus obras de teatro- por los siglos de los siglos… Amén. O sea, Baruch Hashem.


Autor: Stefano Massini. Versión y dirección: Sergio Peris-Mencheta. Intérpretes: Litus Ruiz, Pepe Lorente, Víctor Clavijo, Aitor Beltrán, Darío Paso, Leo Rivera. Escenografía: Curt Allen Wilmer (AAPEE) con estudio Dedos. Iluminación: Juan Gómez Cornejo (AAI). Vestuario: Elda Noriega (AAPEE). Vídeo y sonido: Joe Alonso. Dirección musical: Litus Ruiz. Composición musical: Litus Ruiz, Xenia Reguant, Ferrán González, Marta Solaz. Teatros del Canal. Madrid.

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