El rap pica bien y alto

LA CALDERONA

Tarde o temprano, tenía que llegar un musical en clave de hip-hop. El tema elegido ha sido la vida de una famosa actriz y cortesana del siglo XVII, María Inés de Calderón, “La Calderona”, diva del momento, amante de nobles varios, favorita del rey Felipe IV y, en última instancia, madre de un célebre bastardo real, Juan José de Austria, encargado entre otras tareas, de controlar la revuelta de Nápoles. Sí, amigos, el Siglo de Oro tiene mucho flow.

La Calderona es una rima ácrata en la golfería de las sesiones noctívagas de la Villa y Corte. Y una divertidísima comedia de capa sin espada pero con espadón, scratch y menina.

De Felipe IV, monarca de largo reinado, se ha dicho -nunca demostrado- que ordenó el famoso asesinato del Conde de Villamediana, un casanova del momento que fijó sus intereses en la reina, Isabel de Borbón. Se cuenta que en una corrida en la que el conde se lucía a los rejones dejó caer la reina: “Qué bien pica el Conde”. A lo que el rey respondió: “Pica bien, pero pica alto”. Poco después, dos desconocidos lo ensartaban en plena calle y huían. Otro tanto podría decirse de la Calderona, cómica de la legua que desafiaba convenciones y era más famosa que hoy la Lennie o la Verdú. Picó muy bien, pero muy alto, y corrió una suerte similar: el poder venció. Cuando Felipe IV se cansó de ella, la encerró en un convento y crió a su hijo en la corte.

“La Calderona es una rima ácrata en la golfería de las sesiones noctívagas de la Villa y Corte. Y una divertidísima comedia de capa sin espada pero con espadón, scratch y menina”

De su vida, aunque no en formato de rígido biopic, sino más bien de flexible combate de rimas, de gallos, de gags y de chulas madrileñas, trata esta Calderona que David Ottone (léase la factoría Yllana, al menos en saber hacer escénico, pero esto es otra cosa) dirige micrófono en mano y beisbolera hacia atrás, aunque no falte el miriñaque. De un lado, María Inés, genio y figura. Del otro, un confesor o inquisidor, no queda claro, una de esas oscuras figuras sin genio de nuestra historia, que odia todo lo que la actriz representa. Entre ambos, las mezclas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, de DJ Hardy Jay, enlazando con un hip-hop asequible, sencillo, pero resultón. No esperen a Nach, a Tote King o a Chikos del Maíz. Las letras aquí, firmadas por Rafael Boeta, se hermanan más con Quevedo, si le imaginamos en la más pasada de rosca de sus estrofas después de una noche de farra con Álvaro Tato, Rulo Pardo y Secun de la Rosa. Mucho cachondeo y juego del vocablo, con tacto y efervescencia de hoy pero en verso y con sabor del barroco de entonces. No siempre son brillantes, ni están limadas. Muchas no son verso de altura. Pero les sobra esa gasolina de las impros callejeras, a las que imita y parodia.

Para enmarcar es la escena de Isabel de Borbón y su enana de compañía. O la riña de gatas entre la Calderona y la reina, lanzándose rimas como si en ello les fuera el honor de ser la más chunga del barrio. Natalia Calderón -la actriz, sí, el apellido trae guasa y así lo dicen- se defiende tan bien en el fraseo como en la comedia, y su Marizápalos -así también le decían- es sensual y tiene algo de princesa de barrio, hasta que se enfunda a la criada enana y demuestra que también es una actriz que sabe hacer reír. Además de poseer una voz que araña, un susurro nocturno que se entiende cuando se conoce que viene del jazz. Pablo Paz tiene fuerza como su némesis religiosa, pero realmente se merienda el escenario travestido de reina de España. Ahí le arranca a la corona toda su humanidad.

“Las letras, firmadas por Rafael Boeta, se hermanan con Quevedo, si le imaginamos después de una noche de farra con Álvaro Tato, Rulo Pardo y Secun de la Rosa”

Tres conclusiones saco de La Calderona. Dos son genéricas: la primera, que se pueden hacer musicales con otros estilos y lenguajes que no sean el de las ‘partituras Broadway’. Como el rap. La segunda, que con nuestro Siglo de Oro -esta pieza se estrenó en Almagro- el juego es infinito. No lo aparquemos, hay teatro para dar y tomar en nuestros clásicos, en sus textos, en los personajes de aquella época y sus vidas, historias y anécdotas… Sigo sin entender por qué no se hacen más películas al estilo de aquella maravillosa El perro del hortelano de Pilar Miró. Y ahora, también, por qué no se dan más pasos atrevidos como este pequeño gran musical para un DJ, dos actores y un escenario vacío que convertir en palacio, callejón o convento.

La tercera conclusión es particular: ojalá La Calderona prorrogue para poder volver como espectador más adelante al Alfil a pasar otro buen rato.


Dramaturgia: Rafael Boeta. Dirección y espacio escénico: David Ottone. Reparto: Natalia Calderón, Pablo Paz, DJ Hardy Jay. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Iluminación: Pedro Pablo Melendo. Música: Marc Álvarez. Teatro Alfil. Madrid.

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