Viva la inteligencia

José Luis Gómez, por duplicado, como Gómez y Unamuno / Foto: Sergio Parra
UNAMUNO. VENCERÉIS PERO NO CONVENCERÉIS

Es posible que sólo José Luis Gómez pudiera acometer un espectáculo como éste y no ya salir victorioso, sino habiendo convencido.  Hacía algún tiempo que no se veía al mejor Gómez, un intérprete en estado de gracia. Y en este retrato histórico, español y valiente, el actor, director, intelectual y académico lo apuesta todo al rojo y al blanco a la vez, y a ninguno de los dos en realidad. Lo juega todo a esa España intermedia -la tercera España de Ortega y Gasset, la de Marañón– para emocionar y elevarse en uno de los espectáculos más sublimes y acertados, en lo intelectual, y a la vez más bellos y complejos, en lo teatral. Viva, sí, la inteligencia.

Miguel de Unamuno, retratado por la dramaturgia de Gómez y Pollux Hernúñez, es un personaje controvertido. Un maldito. Un intelectual valiente y necesario que a la izquierda le resulta incómodo, pues apoyó el levantamiento militar de 1936 -llámenlo alzamiento, llámenlo golpe de Estado, allá la sensibilidad histórica de cada cual, aunque ya advierto que si se va con ideas muy preconcebidas no se escuchará con atención lo que esta madura y humanísima obra tiene que contarnos-. Como cristiano, dijo que los militares garantizarían el orden en un momento convulso, un país sumido en el caos y el desgobierno, un país que permitía que a líderes políticos los asesinaran de noche. Defendió que sólo la civilización cristiana occidental era la solución al caos moral y Franco hizo suya la idea.

“Miguel de Unamuno, retratado por Gómez y Pollux Hernúñez, es un personaje controvertido. Un maldito. Un intelectual valiente y necesario que a la izquierda le resulta incómodo”

Pero también para la derecha fue bestia negra: cayó en desgracia por el famoso discurso en la Universidad de Salamanca, cuando, espantado por lo que se iba sabiendo de detenciones, torturas y ejecuciones sumarias, equiparó a fascistas y bolcheviques y habló de una sola España suicida, no de dos enfrentadas. La masa airada le llamó traidor. Millán Astray, el generalote, le espetó aquello tan fino de “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, que luego Pemán trató de suavizar transformándolo en “mueran los malos intelectuales”, como si aquello mejorara mucho la burrada. Unamuno respondió con otra frase famosa: “Venceréis pero no convenceréis”.

De la Universidad de Salamanca lo sacaron como a los árbitros en los partidos de tercera regional que se calientan, amparado por Carmen Polo, porque lo linchaban. Le dolió España. Le dolió el enfrentamiento fraticida en el que los españoles se lanzaron a exhibir lo peor de sí mismos, la sangre, los paseíllos, los tiros en la nuca. El viejo profesor, el rector, el poeta, el sabio catedrático de Lengua, se murió aquel mismo 1936, bajo un cuasi arresto domiciliario, quién sabe si de pena.

Hace ya tres décadas Gómez estrenó un gran monólogo, Azaña, una pasión española, que ha reestrenado en varias ocasiones. Todo lo que brillaba en aquél -la inteligencia del acercamiento al personaje, la gran interpretación, la mirada sin sesgo, el ritmo- está en este Unamuno, un montaje que no analiza su pensamiento ni su obra, sino su figura y sus aparentes contradicciones ante la Guerra Civil. Aquí, de nuevo, el veterano intérprete se transforma en cuerpo y alma -un diez a la caracterización-, hace suyo al autor de Niebla, se ofrece por completo y da un recital de dicción, de exactitud, de emoción.

“De la Universidad de Salamanca lo sacaron como a los árbitros en los partidos de tercera regional que se calientan, amparado por Carmen Polo, porque lo linchaban. Le dolió España”

Pero este nuevo espectáculo es además un producto mucho más complejo en lo técnico. Gómez, actor, se enfrenta al personaje retratado con un ejercicio metateatral: el intérprete que ensaya recibe la visita del Unamuno de ultratumba, recreado con unas proyecciones de sobresaliente calidad firmadas por Álvaro Luna.

Se establece así un diálogo entre actor y escritor, convirtiéndose el primero en voz crítica que le planteará las preguntas oportunas: ¿por qué apoyó a Franco?, ¿creía realmente en el levantamiento?, ¿cómo es posible que un viejo profesor, que no llegaba a fin de mes, reforzará su apoyo con importantes donaciones a la causa de los sublevados?, ¿tuvo miedo, hizo lo que hizo por temor o por convicción?

“Gómez propone un ejercicio meteatral: el intérprete que ensaya recibe la visita del Unamuno de ultratumba, recreado con unas proyecciones de sobresaliente calidad firmadas por Álvaro Luna”

La producción es impecable, un mecanismo de relojería en el que vídeo, espacio sonoro e iluminación juegan un papel clave. Entre todos refuerzan la idea de diálogo cronometrado, infalible, entre actor y proyección. Ambos se comunican a través de un cristal instalado sobre un escenario circular rotatorio, que nos transporta de  2018 a 1936 una y otra vez, y torna a la imagen proyectada ora en Gómez ora en Unamuno, y otro tanto con el actor de carne y hueso.

Pero, más allá de la brillantez de la puesta en escena, quizá el principal valor de este espectáculo es su honradez intelectual. Es cierto que plantea preguntas a Unamuno. Y supongo que era tentador ofrecer las respuestas que desde uno u otro lado se esperaba oír. Gómez evita esa trampa. El pensador y poeta responde únicamente con sus textos. Sí, algunas preguntas quedan sin respuesta. La vida y la historia son así.  Todo aquello ocurrio en un tiempo complejo, que quizá nunca alcanzaremos a comprender en su totalidad, porque, como dejó escrito el propio intelectual vasco, lo juzgaremos sin haberlo vivido.


Autor: José Luis Gómez, a partir de textos de Miguel de Unamuno. Autor: José Luis Gómez, con contribución textual y dramatúrgica de Pollux Hernúñez. Intérprete: José Luis Gómez. Voces y sombras: José Luis Alcobendas, Ernesto Arias, Jesús Barranco, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Hugo Fuertes, Carlos Hipólito, Javier Lara e Inma Nieto. Espacio escénico: Carl Fillion. Iluminación: Felipe Ramos. Videoescena: Álvaro Luna. Caracterización: Sara Álvarez. Teatro de La Abadía. Madrid.

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