Portazo al portazo

Mamen Camacho, como Nora
CASA DE MUÑECAS

Lo mejor que ofrece esta revisión del “clásico” de Ibsen a cargo de José Gómez-Friha y la compañía Venezia Teatro es que será, diría, difícil de olvidar. Se quedará incrustada a la retina como un post-it fucsia a un viejo tomo encuadernado en piel austera. La apuesta estética y tonal es, cuando menos, osada: una fantasía kitsch a medio camino entre la elegancia de Balenciaga y la locura cromática del Alicia en el País de las Maravillas de Burton. Además, es un viaje tragicómico con final inesperado. ¿Inesperado, dice? Esto es Casa de muñecas. ¿No?

Advierto desde ya que pergeñar esta crítica obliga a un inevitable spoiler. Quien deteste el destripe argumental, que no siga leyendo. ¿Preparados? Allá vamos.

Nos empeñamos a veces en que el teatro sea un campo de sueños, la herramienta con la que gobernar al destino, en vez de su espejo, que no es poco. Queremos que cambien las cosas y, para ello, qué mejor que alterar el curso de lo escrito. Pero lo escrito, cuando se ha sobrepuesto a su propio tiempo, se convierte en inalterable, porque pertenece no ya al autor que lo ideó sino al imaginario colectivo. Sí: el espectador espera el portazo final de Nora y la versión de Pedro Víllora se la hurta. Al borde de la desintegración del matrimonio, apuesta por la conciliación a lo Eyes Wide Shut, con la diferencia de que allí donde Kubrick le hacía decir a la Kidman “hay que follar”, Víllora pone en boca de Nora un más comedido “tenemos que hablar”.

“El espectador espera el portazo final de Nora y la versión de Pedro Víllora se la hurta. Al borde de la desintegración del matrimonio, apuesta por la conciliación a lo Eyes Wide Shut”

No, ya no hay portazo, ya no hay abandono del nido familiar, del marido y los tres hijos, ni revolución desde las tablas. El dramaturgo noruego acabó de golpe con mil silencios y convenciones en una sociedad patriarcal y opresiva. ¿Lo antiguo hoy es seguir haciéndolo igual todo? Un poco, en general, sí, qué duda cabe. Pero la puerta, no… La puerta no me la toquen, por favor.

El final made in Hollywood traiciona la melancolía que Ibsen lleva en su ADN. Si Gómez-Friha imagina un universo que más que a la Kristiania (Oslo) inhabitable del autor remite a la América de Douglas Sirk -fabulosos, todo sea dicho, algunos figurines de Paola de Diego-, por el camino se deja el poder devastador de los dramas sociales del cineasta. A Torvald y a Nora no los juzgará ya el cielo por haberse equivocado. Él, en su forma de mantener a flote su honor. Ella, a su familia (una firmilla falsa en un aval, en España eso sería hoy el chocolate del loro). Ya han sido absueltos y rehabilitados para una vida en feliz unión por el director y el autor de la versión, por lo demás ágil y cuidada, efectiva para un espectáculo de hora y media, pero algo excesiva en la tijera en los momentos clave, como el diálogo final.

“Si Gómez-Friha imagina un universo que más que a Kristiania remite a la América de Douglas Sirk, por el camino se deja el poder devastador de los dramas sociales del cineasta”

Lo mejor que se extrae de esta apuesta heterodoxa es su valentía -a mí no me convence, pero sin duda tiene una personalidad propia-, su ritmo y puesta en escena, muy trabajados, y algo de sabiduría teatral: frente al suelo de baldosas, un piano multiusos con compartimentos llenos de sorpresas irá dando juego al director, y los números ocultos que provocarán el drama aparecen por arte de magia bajo el influjo de una luz ultravioleta sobre las baldosas, como si habláramos de un código cifrado, esos renglones torcidos de Dios que pueden dar al traste con la felicidad de la familia más intachable. Al final de cada Wisteria Lane siempre hay secretos bajo el brillo del mármol.

En este baile de sociedad sobresale el talento cómico y el carácter alegre, casi naíf, de la Nora de Mamen Camacho, que huye de la densidad y de abrumar al personal para entregarse con fiereza a la alegría de vivir. Su Nora tiene encanto y su interpetación se ajusta bien a la sonrisa impuesta por la doble moral, esos círculos que decoran su hábitat de rosa chicle, se atiborran de dulces pero callan el amargo sabor que dejan algunos.

“Los renglones torcidos de Dios pueden dar al traste con la felicidad de la familia más intachable. Al final de cada Wisteria Lane siempre hay secretos bajo el brillo del mármol”

Elsa González da vida a la amiga de la infancia, y Oriol Tarrasón y Sergio Requés al marido y amigo tuberculoso y enamorado de Nora, respectivamente. Adoptan otros tonos. Son trabajos correctos -el enfermo doctor tiene una bonita melancolía aquí-, como los de Andrés Requejo, el Shylock, perdón, el Krogstad de la historia. ¿Si le pinchan no sangra? ¿Acaso no tiene hijos y no hizo lo que debía al prestarle dinero a Nora para que ésta salvara la vida de su esposo? ¿Acaso el honestísimo Torvald, recién ascendido en su banco y que nada de esto sabe, no va a ponerlo en la calle? Siempre me han interesado estos personajes -Shylock, Krogstad…-. Es tan fácil pedirle dinero a los banqueros como llamarles buitres después. Y lo segundo sale gratis.


Autor: Henrik Ibsen. Versión: Pedro Víllora. Dirección: José Gómez-Friha. Reparto: Mamen Camacho, Oriol Tarrasón, Sergio Requés, Andrés Requejo, Elsa González. Escenografía: José Gómez-Friha. Vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Javier Bernat. Sonido: Juan ANtonio Gandulfo. Teatro Fernán Gómez. Madrid.

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