Nudos en la teoría de las cuerdas

"Si no te hubiese conocido", de Sergi Belbel
Unax Ugalde y Marta Hazas, en la obra / Foto: marcosGpunto
SI NO TE HUBIESE CONOCIDO

En Si no te hubiese conocido, el dramaturgo y director Sergi Belbel estira las teorías de universos paralelos, pura física cuántica llevada a su terreno más hipotético, para contarnos la historia (las historias, posibles, entretejidas) de una pareja marcada por el destino. Allí donde se encuentren Eduardo y Elisa, sea en una realidad o en otra, el amor los unirá.

Hace décadas que las artes escénicas tratan sin demasiado énfasis de perderle el miedo a las ciencias. Son experimentos aislados que dibujan en una pizarra la fórmula que vincula las relaciones personales y la física atómica (Copenhague) o que examinan a través de un telescopio la distancia entre nuestros astros y el poder político y religioso (Galileo). El fondo científico es el vehículo para abordar relaciones humanas, la excusa para asomarse a las encrucijadas vitales de los personajes.

Tan interesante en su premisa pseudo-científica como previsiblemente edulcorado en su desarrollo, este nuevo ejercicio de dramaturgia de taller es una historia bien urdida de saltos temporales y vidas paralelas. Es como uno de esos crono-planos cada vez más recurrentes en las películas y series de ciencia-ficción, de Heroes a Dark, con los que alguien llena una pared de fotografías y recortes unidos con cordeles. ¡Con la cantidad de modernas herramientas que hay hoy en día en los ordenadores para atar cabos! ¿Creerán que lo de la Teoría de las cuerdas va por ahí?

“Tan interesante en su premisa como edulcorado en su desarrollo, este nuevo ejercicio de dramaturgia de taller es una historia bien urdida de saltos temporales y vidas paralelas”

Las cuerdas y fotos de Belbel son imaginarias, narrativas, para eso está su talento como dramaturgo. Es fácil seguir los saltos constantes de Eduardo (no pregunten cómo, es lo de menos), que atraviesa varias epocas y posibilidades. De 1989, con dos jóvenes estudiantes encontrándose en un casting musical (o no) a 1996, 2008, 2009… y hasta 2028. Pasan los años, cambian ligeramente los cuadros y escenas, se suceden las repeticiones con variaciones que van haciendo mutar lo que podría haber sido la historia de Eduardo y Elisa, aunque al final veamos que los universos paralelos, para Belbel, son circulares.

Tiene algo cruel el mensaje de Si no te hubiese conocido. Y no porque arranque con una tragedia -un accidente mortal-, sino porque enfrenta al espectador a la idea de que hay abismos entre lo que somos y lo que podríamos haber sido, pero que nunca será, como no sea en la ficción o en la esperanza de que la física cuántica tenga razón, aunque esta certeza sea tan inútil, como cantaba Sabina, como el libro del porvenir. Pero no creo que Belbel trate de hacernos ver eso, sino más bien reforzar la idea de la predestinación marcada por una atracción poderosa.

“Pasan los años, cambian ligeramente los cuadros y escenas, se suceden las repeticiones con variaciones que van haciendo mutar lo que podría haber sido la historia de Eduardo y Elisa”

Si huele a merengue, sabe a merengue, es blanca y aparatosa… sólo puede ser una tarta de boda.  O una obra de teatro empalagosa y recurrente. El vínculo de Eduardo (Unax Ugalde) y Elisa (Marta Hazas) desafía al tiempo y al espacio, pero también a la resistencia de los diabéticos y a la paciencia de los personajes que los rodean, que ejercen de sufridos segundones: Óscar, el mejor amigo, y Clara, la novia de la Universidad por la que en realidad Eduardo no siente nada, pero que en una de esas realidades posibles acabará siendo su esposa.

Dicho esto, Si no te hubiese conocido está bien pergeñada y se deja ver, con el adecuado chute de insulina emocional previo. Juega en la liga temática de funciones como Un tercer lugar o El tratamiento: una generación en busca de su lugar sentimental en la vida. Pero le faltan la delicadeza poética de la primera, con su rica variedad de escenas, y la profundidad y contundencia cómica y dramática de la segunda.

En estas cuatro bodas (posibles) y un funeral, Belbel y el escenógrafo Max Glaenzel proponen una puesta en escena que se vuelca en el salón nupcial, con carpa, mesas y demás parafernalia, para recogerse después detrás de una cortina en el resto de los escenarios. El enlace y su ritual cobra así un protagonismo esencial: para sus protagonistas, los nudos de esas cuerdas cuánticas son los que los atan legalmente.

“Si huele a merengue, sabe a merengue, es blanca y aparatosa… sólo puede ser una tarta de boda.  O una obra de teatro empalagosa y recurrente”

En ese sentido, la propuesta de Belbel sorprende por lo que tiene de convencional y sistemática (pro-sistema, vamos). Toda realidad es aceptable: que sus personajes den en científicas, cantantes o amas de casa son reflejos de una variedad cuántica, posible y que, para quien escribe, no admite crítica alguna. Que el dramaturgo encamine todos y cada uno de esos caminos al matrimonio como expresión última, casi necesaria, de la plenitud y la felicidad, me produce un bostezo cósmico.

Quizá la mejor conclusión de este experimento metafísico es descubrir a una actriz, Marta Hazas, que se mueve con comodidad entre dos universos paralelos: la seriedad y la comedia. Su Elisa tiene una espontaneidad que desarma, y se intuyen en sus miradas y expresiones los cambios del personaje. Ugalde, esforzado, no me acaba de convencer, le falta entrar en el personaje, y Óscar Jarque y Ana Cerdeiriña lidian con personajes desagradecidos que llevan como pueden al terreno cómico.

Si he sido algo duro, entiéndanme bien: no está mal del todo esta función amable y con una propuesta de fondo interesante. Es apta para románticos y teatreros que gustan de historias sobre vidas cruzadas. Pero es una de tantas posibles. Y en otros universos, sería algo más redonda. Claro que en otros universos quien firma quizá escribiría mejor o sería más inteligente. Ay.


Autor: Sergi Belbel. Dirección: Sergi Belbel. Intérpretes: Marta Hazas, Unax Ugalde, Óscar Jarque, Ana Cerdeiriña. Escenografía: Max Glaenzel. Vestuario: Guadalupe Valero. Iluminación: Kiko Planas. Música: Ana Villa, Juanjo Valmorisco. Videoescena: Emilio Valenzuela. Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva).

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