Más madera

Cunill, Bermejo y Escolar, en Vania / Foto: Alba Pujol
VANIA (VERSIÓN LIBRE DE LA OBRA DE CHÉJOV)

Resulta casi provocador tener en cartelera Espía a una mujer que se mata y estrenar otra versión de Tío Vania con tanto en común con la de Daniel Veronese. El Vania libre de Àlex Rigola no lo es tanto: está fuertemente sujeto al concepto de deconstrucción. Viene a durar casi lo mismo que el del argentino y, como aquél, extrae la esencia del texto para dejarla reducida a una espuma aromática con cuatro personajes. ¿Copia? Yo no diría tanto, pues la versión de Rigola tiene señas de identidad propias. Pero qué duda cabe que hay influencia (intuyo un homenaje en la frase escrita en la pared “El profesor se está muriendo”, que podría reivindicar Veronese para uno de sus títulos). Si Rigola mañana saliera diciendo que no ha visto el montaje veronesiano me costaría creerlo.

No me acaba de quedar claro qué es un “dramaturgista”. Me suena a evolución “posturística” de dramaturgia, que procede a su vez de dramaturgo. Pero antes muertos que sencillos, ¿no? En fin, así firma Lola Blasco su versión, aunque tampoco sé qué parte es suya y cuál de Rigola, que aparece como autor de versión y adaptación. En cualquier caso, mi aplauso para ambos, o para quien corresponda, porque esta espuma contiene lo esencial en los parlamentos de Vania, Astrov, Sonia y Elena, y prescinde del resto de personajes de estas escenas rurales de Chéjov. Hasta el teórico pretencioso del teatro, Srebriakov, ha sido reducido a un guiño de cómic -así interpreto al menos el Tornasol de Hergué en una pared- y a voz indirecta hábilmente introducida en una escena por vía epistolar.

“No me acaba de quedar claro qué es un “dramaturgista”. Me suena a evolución “posturística” de dramaturgia, que procede ya de dramaturgo. Pero antes muertos que sencillos, ¿no?”

Es la idea actoral desplegada aquí por Rigola -y tan alejada de los brilantes excesos de otras etapas suyas- lo que no acabo de compartir: frente al teatro físico y de acciones del postdramatismo, Rigola encierra a sus criaturas en una contención emocional, un corsé interpretativo que sólo Luis Bermejo, el Vania de esta producción, se permite saltarse hacia al final con una explosión de rabia. El resto son miradas, roces, parlamentos con las manos en los bolsillos y apoyados en las paredes, contemplación.

Con un cuarteto intenso todo transmite y suma. Y este Vania habla muy claramente al público de hoy de las tragedias vitales, las insatisfacciones y los amores no correspondidos del cuarteto de personajes, que son perfectamente amigos nuestros de hoy, no rusos rurales de hace cien años.

Bermejo lleva años demostrando que tiene un lugar preferente entre los actores de su generación -recientemente en El minuto del payaso, en sus trabajos con Gené, Lima o Gómez, o en algunos de sus papeles en cine- y aquí compone un Vania tan lastimoso como repleto de ironía y cinismo. Su hartazgo toca y rebosa un humor fino. ¿Pero por qué atar a los actores de pies y manos? Se percibe demasiado al demiurgo detrás de este tipo de direcciones y hacen añorar a quienes se ocultan, a esos directores que disfrutan haciendo teatro grande de forma invisible.

“Este Vania habla muy claramente al público de hoy de las tragedias vitales, las insatisfacciones y los amores no correspondidos del cuarteto de personajes”

Tanto Ariadna Gil como Irene Escolar saben adaptarse bien al mandato y hacer melancólicas y cercanas a la joven esposa del doctor y a  la hastiada sobrina. Las emociones son un torrente discreto y bien medido en sus trabajos. Escolar sigue en su imparable progresión (o acaso ya ha llegado).

Me costó más asimilar el Astrov de Gonzalo Cunill. Quizá son muchos años oyéndole esa forma de decir el texto, esa pausa robótica al hablar, en las propuestas de Rodrigo García, y esperaba verle en otro registro. Pero a su médico rural, de vuelta de todo excepto del ecologismo, su último asidero en la vida, sólo le falta embadurnarse de miel y barro o juguetear con conejos, gallinas o tortugas, en una especie de desubicación de género. O será que ésa es su peculiaridad. No digo que trabaje mal: tiene magnetismo. Pero cada vez que el doctor habla me parecía saltar espacio-temporalmente y estar en algún largo título del tipo Todos podemos quemar nuestro cacho de bosque y si no te gusta te jodes.

“Me costó más asimilar el Astrov de Gonzalo Cunill. Quizá son muchos años oyéndole esa forma de decir el texto, esa pausa robótica al hablar, en las propuestas de Rodrigo García”

Dicho de otro modo lo anterior: aunque la experiencia es cercana y pretende el toque ritual -y lo consigue, no voy a negarlo- encerrando a los afortunados 60 espectadores en una escenografía que es una caja de madera diseñada por Max Glaenzel, un recinto cerrado instalado dentro de la ya de por sí reducida Sala Negra del Canal, en esta revisión del Tío Vania se echa en falta más madera. Más cera que arda en los actores, que dan todo lo que el director les deja dar, pero que se ven obligados a contener mucho, como si sobraran los cuerpos. La experiencia tiene algo de elaborada lectura dramatizada. Eso sí, un lujo de lectura.

PS: no acabé de entender por qué durante toda la pieza se emplean los nombres de los intérpretes en vez de los de los personajes (una elección artística no sólo legítima sino otras veces adoptada en el teatro contemporáneo), pero en la escena final Escolar llama Tío Vania a Bermejo. ¿Cree Rigola que el espectador no ha entendido de qué va el asunto? Hay que confiar en la inteligencia del respetable. Y si alguien no conoce la obra y está desubicado, poco le va a ayudar el apunte.


Autor: Anton Chéjov. Adaptación y dirección: Àlex Rigola. Dramaturgista: Lola Blasco. Reparto: Luis Bermejo, Irene Escolar, Gonzalo Cunill, Ariadna Gil. Espacio escenico: Max Glaenzel. Teatros del Canal. Madrid.

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