El Cirque du Soleil, en su mundo

"Varekai", de Cirque du Soleil
El número de Ícaro, en «Varekai» / Foto: Marco Cisaria
VAREKAI

Es cierto que el Cirque du Soleil hace viajar a otros mundos. Lo malo es que acaban siendo siempre los mismos. Conviene acercarse a los espectáculos de esta multinacional circense más con mirada de niño que con espíritu de crítico: de lo contrario, todo está sujeto al escepticismo: desde el merchandising, que abruma al espectador, hasta la repetición de números barnizados con un vestuario y maquillaje diferentes o el anonimato de sus artistas (mientras que los creadores sí aparecen en los programas de mano: está claro quién importa a la compañía). En fin, que mejor dejarse llevar durante un par de horas por la magia de los viajes fantásticos que propone el Cirque y gozar con la sorpresa y el más difícil todavía.

Hay que reconocer que algunos números son espectaculares, como los «juegos de Ícaro», en los que una troupe de atletas da vueltas de maneras imposibles y se sostienen en el aire gracias a sus piernas; o los malabarismos, culminados con un espectacular número de sombreros lanzados como bumerangs; o ese trío de críos orientales que no levantan más de medio metro del suelo y hacen cosas increíbles con unas cuerdas llamadas meteoros…

Algunos números son espectaculares, como los «juegos de Ícaro», en los que una troupe de atletas da vueltas de maneras imposibles y se sostienen en el aire gracias a sus piernas

Un artista discapacitado capaz de insospechadas coreografías con un par de muletas, un número de columpio ruso que parece cortar el suelo mientras se bambolea como un péndulo, y las fantasías aéreas de un triple trapecio con un cuarteto de acróbatas están también entre los momentos que quitan el aliento.

Sin embargo, el Cirque sigue siendo, esencialmente, el mismo que el de Dralion, Saltimbanco o Alegría, con sus oportunas variaciones temáticas… O quien firma se empieza a hacer viejo o estos chicos se repiten ya más que el TBO.


Autor y director: D. Champagne. Director de creación: A. Watson. Escenografía: S. Roy. Música: V. Corradi. Vestuario: E. Ishioka. Coreografías: M. Montanaro, B.Shannon. Maquillaje: Nathalie Gagné. Grand Chapiteau, Puerta del Ángel. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Mayo 2008).

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