El discurso del método de Flotats

Flotats y Ponce, en la obra / Foto: marcosGpunto
VOLTAIRE/ROUSSEAU. LA DISPUTA

Hace ya una década que Josep Maria Flotats ha encontrado un terreno fértil en el que se siente cómodo, y que tan sólo él cultiva en España: un teatro intelectual, casi siempre con pedigrí francés, en el que hay poco riesgo pero mucha idea, vehículos tan interesantes en lo conceptual como previsibles en lo teatral. Es más, sus temas, códigos y leit motivs, como ocurre con tantos artistas, parecen repetirse, copiarse, calcarse unos a otros.

Al ver este encuentro de filósofos que estrena ahora con el CDN, Voltaire/Rousseau. La disputa, viene a la memoria aquel otro montaje de 2009, Encuentro de Descartes con Pascal joven: más que una primera parte o una inspiración de éste, se puede considerar casi una plantilla. Parece que Flotats ha dado con su discurso del método… O con el método de su discurso.

Veamos: 2009 (es decir, 1647). Un socarrón y viejo René Descartes recibe en su hogar de París por unas horas al joven Blaise Pascal, científico de renombre y furibundo religioso. Fue un encuentro real. Descartes, que ponía su escepticismo y su humor al servicio de la vida, chocaba con el extremismo del janseanista, al que el autor de Encuentro de Descartes con Pascal joven, Jean Claude Brisville, y el director, Flotats, presentaban como una mente más dada a embestir que a pensar. La batalla estaba poco equilibrada. Las simpatías del público acompañaban a Descartes (Flotats).

“Viene a la memoria aquel otro montaje de 2009, Encuentro de Descartes con Pascal joven: más que una primera parte de éste, se puede considerar casi una plantilla”

Sigamos: 2017 ( es decir, alrededor de 1775). Estamos esta vez en Ginebra. Otro filósofo de vuelta de todo, el gran Voltaire, gloria nacional francesa en un semi-exilio de todas partes por sus ideas, recibe a otro extremista: esta vez el  el furibundo es Jean-Jacques Rousseau, un pionero del naturalismo y acaso el primer anticapitalista de Europa. Incluso el primer antisistema.

Rousseau llama a la puerta del maestro con la intención de descubrir quién está detrás de un panfleto que circula por la ciudad contra sus ideas y su persona. Imaginen. Rousseau cree solo en la bondad de la naturaleza, en la necesidad del buen salvaje. La civilización, con sus escritores, dramaturgos y artistas, representa una desviación. Este encuentro es imaginado. El autor, Jean-François Prevand, y el director, Flotats, presentan a Voltaire como divertido y lógico, y a Rousseau como iracundo y rígido. El veterano pensador se mofa sin cesar del credo prerromántico de su apasionado colega, quien llega a entonar un muy millanastrayano “viva la ignorancia”. Además, le destroza como persona: hipócrita, falsario, sifilítico, mal padre… Otro choque desigual. Las simpatías del respetable, de nuevo, están con el personaje de Flotats.

Ya tenemos el método. Ahora el discurso…

En ambas obras, la batalla tiene que ganarla la razón, la lógica, el pensamiento moderado, la Ilustración… El Siglo de las Luces no puede perder. La Civilización Occidental no puede perder. Lo que somos se construye sobre la obra de pensadores como Descartes y Voltaire -aunque también, en cierta medida, sobre la de hombres como Pascal y Rousseau-. Es lógico que así sea. Quien firma sin duda se reconoce más en Voltaire que en Rousseau. Pero rebajar a sus supuestos adversarios a broza intelectual hace que cualquier observador de la partida se dé cuenta de que las cartas están marcadas desde que el crupier Flotats comienza a barajar.

“Rebajar a sus adversarios a broza intelectual hace que cualquier observador de la partida se dé cuenta de que las cartas están marcadas desde que el croupier Flotats comienza a barajar”

Eso sí, qué forma de repartir juego. Otros tienen tablas. Él las diseña y corta en su aserrería teatral particular desde hace décadas. Su dominio del escenario, los tiempos y los diálogos sólo está al alcance de unos pocos. Ahí, y en el deleite de ver una obra que habla de filosofía, para variar, es donde Flotats conecta con su público y lo mantiene enganchado hasta el final. Sobre el tapete van surgiendo los conflictos: el Estado laico o religioso, el Dios entendido como dogma cristiano o más a la manera de Spinoza, libre e ignoto, la libertad de pensamiento frente a la censura, el honor, el derecho al miedo y la necesidad de vivir (esto es, de prostituirse con creaciones que uno luego detesta), la bondad natural del hombre o, al contrario, su natural tendencia al mal (uno de los grandes debates del siglo XVIII)…

Basta rascar un poco debajo de esta amalgama de ideas para saber que hablamos del hombre de hoy, incluso de la España de hoy con sus problemas concretos. Ahí laten las contradicciones de las ideologías complacientes con la imposición bajo excusas como la revolución y la liberación de las clases dominadas de su alienación; también la complacencia con el capital del otro lado… Aunque me atrevería a decir que a Prévand los círculos morados, o su equivalente francés, le deben de parecer tan risibles como a Voltaire los salvajes idealizados.

Es la abundancia y profundidad de los temas que aborda lo que destaca en este texto, escrito con precisión y bella arquitectura por Prévand, y traducido como es habitual en los montajes de Flotats por Mauro Armiño, que sabe dotarlo de exactitud, ritmo y teatralidad.

“Sobre el tapete van surgiendo los conflictos: el Estado laico o religioso, el Dios entendido como dogma cristiano o más a la manera de Spinoza, la liberta de pensamiento frente a la censura”

También ayuda su dúo protagonista. Como se reserva los papeles con retranca, el de Flotats arranca las risas y acapara la empatía. Pero sería injusto no señalar aquí el gran trabajo del actor que encarna a su sparring filosófico, un Pere Ponce de voz quebrada -no le recordaba así en su juventud, diría que se ha  “sabinizado”- pero gesto variado, repertorio intenso y múltiples recursos. Me gusta mucho cómo Ponce defiende su indefendible terreno frente al encantador de serpientes que es el Voltaire de esta obra. Juntos hacen un buen tándem. La pieza se disfruta y es didáctica y muy amena para ser teatro de ideas, algo que a priori puede disuadir a muchos espectadores.

En cualquier caso, este montaje de saloncitos Luis XIV y mesillas de café no escribirá ninguna página en las enciclopedias de la historia del teatro. Y no por meterse con el enciclopedista Rousseau.


Texto: Jean-François Prévand. Dramaturgia y dirección: Josep Maria Flotats. Reparto: Josep Maria Flotats, Pere Ponce. Espacio escénico: J. M. Flotats. Iluminación: Paco Ariza. Vestuario: Renato Bianchi. Espacio Sonoro: Eduardo Gandulfo. Teatro María Guerrero. Madrid.

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