José María Rodero, 100 años de un gigante de las tablas

26-12-2022. La España de los 50, 60 y 70 tuvo un puñado de grandes nombres que popularizaron y dignificaron el teatro hecho en España. Francisco Rabal, José Bódalo, Berta Riaza, María Luisa Ponte, Adolfo Marsillach… La lista es larga. Pero hay dos o tres figuras que destacan, y uno, sin duda, es el de José María Rodero. Se cumplen cien años del nacimiento de este gigante de nuestra escena, un actor que muchos españoles conservan en la memoria, a pesar de su desamor con el cine. El teatro lo fue prácticamente todo para su carrera, en la que trabajó en las principales compañías, estrenó a los más destacados dramaturgos del momento y puso su talento a las órdenes de directores imprescindibles de la escena de la posguerra como Luis Escobar, José Luis Alonso y José Tamayo, entre tantos otros.

Su rostro era el de un hombre común, recio y firme. Duro, a menudo. Tuvo algo de viril y algo de sufrido. No era un galán a la manera de Rabal, pero en su tono seguro, en sus gestos exactos, construyó una forma de hacer teatro alejada de la declamación, una expresividad moderna y contundente. Sigue siendo canónico su protagonista en Calígula (1963 y 1970), de Camus, a las órdenes de Tamayo. “La interpretación de Rodero no se olvidará fácilmente” dijo el crítico Enrique Llovet en su crítica del montaje, estrenado en Mérida y visto después en el bellas Artes de Madrid. Repetiría el montaje a lo largo de su vida, dirigido por Tamayo, por él mismo y en televisión.

Otros momentos de éxito fueron ¿Dónde vas, triste de ti? (1959), de Juan Ignacio Luca de Tena, y El caballero de las espuelas de oro (1964), un texto de Alejandro Casona en el que se convirtió en un Quevedo para el recuerdo.

José María Rodero Luján nació en Valdepeñas (Ciudad Real) el 26 de diciembre de 1922. Iba para ingeniero agrónomo, pero se enamoró de una actriz y lo cambió por el teatro. UAlgunas funciones con el TEU (aquel Teatro Español Universitario de donde tanto talento salió) y unas pruebas en el Español en 1942 fueron apenas lo que necesitó, y al poco estaba debutando en el Español, con papeles entre otras obras, en Las mocedades del Cid. Saltó de allí a la compañía de Francisco Melgares, que vio en él el talento que destacaba. Con 24 años, entró en aquella aquella mítica Compañía de María Guerrero qe dirigía Luis Escobar. Romance de Bernardo del Carpio, Plaza de Oriente (1947) e Historias de una casa (1949), ambas de Joaquín Calvo Sotelo y dirigidas por Escobar y Huberto Pérez de la Ossa... Allí conoció a la que en poco tiempo sería su esposa, la actriz Elvira Quintillá.

Trabajó en obras como El vergonzoso en Palacio (1948), Don Juan Tenorio, un montaje histórico con figurines y telones de Salvador Dalí (1949), El landó de seis caballos (1950), de Víctor Ruiz Iriarte y dirigido por José Luis Alonso (fue su primera colaboración); Soledad (1953), de Miguel de Unamuno, Barriada, de Julio Alejandro, Colombe 1953) de Jean Anouilh, La Plaza de Berkeley (1952), de John L. Balderston, La casa de la noche (1954) de Thierry Maulnier, La herida luminosa (1955), de Josep Maria de Sagarra , Yo traigo la lluvia (1957), de Richard Nasch, y La Celestina (1957) de Fernando de Rojas, entre otros montajes. Entre los muchos montajes de aquellos años, destacan ¿Quién quiere una copla del Arcipreste de Hita? (1965), de José Martín Recuerda, Corona de amor y muerte (1966) de nuevo Casona, o Los siete infantes de Lara (1966), de Lope de Vega.

Aunque fue un actor eminentemente dramático, demostró que podía con la comedia en montajes como Una tal Dulcinea (1961), de Alfonso Paso, y La idiota, de José Osuna.

Pero hubo antes hitos: con la década de los 50, un dramaturgo desafió con inteligencia las limitaciones de la censura: Antonio Buero Vallejo hablaba de aquella España pobre y aún herida con inteligencia. En la ardiente oscuridad (1950) fue un gran éxito para Rodero. Aquello le impulsó a dar el paso y formar su propia compañía, donde le acompañaría Quintillá. Con Buero Vallejo repetiría en otros tres textos: El concierto de San Ovidio (1967), de nuevo un personaje ciego, Irene y el tesoro (1954) y El tragaluz (1969).

Ya en los 80, sumó grandes títulos y papeles memorables: El veneno del teatro, de Rodolf Sirera, con dirección de Emlio Hernández (1983) Luces de bohemia, Valle-Inclán (1984), dirigido por Lluís Pasqual, Enrique IV de Pirandello (1986)…

El cine fue espinita clavada. Siempre le quiso mal. Al menos cuando pudo haber destacado, Hizo papeles en una serie de películas en sus comienzos: Senda ignorada, Angustia, Las aventuras de Luis Candelas… Y más tarde Balarrasa, Esa pareja feliz, Ronda española, Concierto mágico, El encuentro, Juzgado permanente, Novio a la vista, Aventuras del barbero de Sevilla, La patrulla, La herida luminosa, La frontera del miedo… Trabajó con Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem, Rafael J. Salvia y José María Forqué, entre otros directores.

Pero, pasados los años 50, el cine empezó a darle la espalda, algo que a Rodero siempre le dolió. Siguió en teatro, con igual éxito, y en televisión, en Estudios 1 y otros programas. Decir Estudio 1 es decir Gustavo Pérez Puig y Alberto González Vergel, y en actores, sin duda, José María Rodero: La muerte de un viajante (1972), de Arthur Miller, Las Meninas (1974), de Buero Vallejo fueron algunos de sus montajes. Para siempre, sin embargo, quedará su papel en Doce hombres sin piedad, la adaptación televisiva de la obra de Reginald Rose que dirigió Pérez Puig (1973).

Tuvo fama de ser directo, también de tener mal humor. Perfeccionista y difícil, exigente. Cuando algo no le gustaba, lo decía: fue uno de los primeros actores españoles en plantarse contra la costumbre de la las dobles funciones por noche y evitaba trabajar en compañías o estrenos donde tuviera que hacerlo.

Premio Nacional de Teatro en 1971 y Premio Mayte de Teatro en 1976, falleció en Madrid el 14 de mayo de 1991.

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