Mil y una noches más

LOS CUENTOS DE LA PESTE

Máscaras fuera: desengañémonos, por más que pudiéramos estar ante una obra prometedora por muchos motivos, la expectación ante Los cuentos de la peste estaba servida desde que Mario Vargas Llosa decidió subirse a un escenario por cuarta vez, la primera para hacer teatro con todas sus letras –en las anteriores había en él aún algo de narrador que no da el paso de vivir la escena como un cambio de piel–. Tenía y no tenía razón Joan Ollé, el director fetiche del novelista y dramaturgo, cuando dijo que Vargas Llosa no ganará un Max. Pero no por gremialismo. Es un placer disfrutar de la entrega del Nobel por su personalidad y por lo especial de su presencia en un teatro. Él no es Pedro Casablanc. De hecho, no es actor ni creo que pretenda serlo. Lo suyo es un acompañamiento reposado, bien intencionado, y ver y oír a quien maneja el lenguaje como él tiene un atractivo especial, más si, como anoche, era además autor y estrenaba obra, una revisión compactada del Decamerón. Pero nada de eso oculta un hecho: como actor, está a años luz del resto de sus compañeros. Dicho lo anterior, aplaudo su valentía y le deseo mil y una noches de éxito.

Es un placer disfrutar de la entrega del Nobel por su personalidad y por lo especial de su presencia en un teatro. Él no es Pedro Casablanc. No es actor ni creo que pretenda serlo. Lo suyo es un acompañamiento reposado

Quizá sin la presencia mediática del Nobel ésta hubiera sido una crítica diferente: me habría detenido más en la belleza de un texto trabajado, que extracta con acierto y reinventa con humor y poesía el clásico de Boccaccio. El autor se adentra en los laberintos de la ficción y la realidad, su terreno favorito. Como ya hizo en Las mil noches y una noche con el clásico oriental, Vargas asume el  papel de Sherezade, transmutado aquí en Boccaccio –aunque su personaje en escena sea el del atribulado Ugolino–, en Chaucer o en Cervantes. Las similitudes de Los cuentos de Canterbury con el Decameron van más allá de la salpimienta impuesta por una época de represión en la que anacoretas y monjas daban mucho juego: su esencia es lo que interesa al escritor hispano-peruano, ese carnaval de identidades en el que nunca sabemos cuál es el personaje real y cuál la invención, algo tan del gusto del autor de Kathie y el hipopótamo y La Chunga.

Así, la Condesa de la Santa Croce, Ugolino, el escritor Boccaccio y los jóvenes cómicos callejeros Pánfilo y Filomena, que se refugian en una villa a las afueras de Florencia de la epidemia negra que asola la ciudad para contarse cuentos y evadirse de la realidad –¿no hace eso el teatro también hoy, entre otras cosas?–, son sombras hipotéticas de sí mismos. Pueden ser reales si queremos, pero quizá no más que los protagonistas de las historias que transmiten: el monstruoso Barbanto que viola a Aminta, el monje rústico seducido por la joven conversa Alibech, la abadesa y las novicias que pecan con el jardinero Masetto, o los trágicos Federico de Alberighi y Dama Giovanna, separados por el azar.

Casablanc, enorme; Aitana Sánchez-Gijón, serena, intensa y acertada. Y, con ellos, dos voces más jóvenes pero que se llevan la función: Marta Poveda y Óscar de la Fuente son el ciclón del montaje

La galería de personajes e historias de Boccaccio es ejemplar; la forma en que Vargas Llosa los entrelaza, un recordatorio de que no sabemos si somos reales o si acaso alguien, en algún lugar, nos estará soñando. A casi todos ellos los encarna con brillantez un cuarteto bien elegido. Casablanc, enorme; Aitana Sánchez-Gijón, la “pareja de hecho” artística del Nobel, serena, intensa y acertada en cada momento. Y, con ellos, dos voces más jóvenes pero que se llevan la función: divertidos, enérgicos y repletos de códigos, recursos y herramientas, Marta Poveda y Óscar de la Fuente son el ciclón del montaje.

Joan Ollé ha levantado el patio de butacas del Español para sumergir al público en la obra, dispuesto a los cuatro lados de un escenario que es un jardín renacentista. Conservador pero acertado en la estética, Ollé firma el mejor de sus montajes con Vargas Llosa, muy superior en ambiciones a La verdad de las mentiras o Las mil noches y una noche (no hablo de Odiseo y Penélope, que se me escapó). La huella de los mejores Comediants y de los Joglars más creativos está presente en una obra que rehúye las modas para agitarse en teatro bufo, máscaras italianas y juegos con telas, que trepa por los rincones de los palcos y se distribuye por bancos laterales, muy cercano al público.

Una inmersión en dos horas de teatro bello que estropean un par de momentos bochornosos, entre ellos el cuento de dos jóvenes enamorados descubiertos, interpretado con un exagerado acento “pijo”. ¿Hacía falta?


Texto: Mario Vargas Llosa. Dirección: Joan Ollé. Iluminación: José Manuel Guerra. Vestuario: Míriam Compte. Escenografía: Sebastià Brossa. Reparto:  Mario Vargas Llosa, Aitana Sánchez-Gijón, Pedro Casablanc, Marta Poveda, Óscar de la Fuente. Teatro Español. Enero 2015.

Crítica publicada originalmente en La Razón y recogida en Notas desde la Fila Siete (Enero 2015)

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