Madre sí hay más que una

EL VIENTO EN UN VIOLÍN

Por más que El viento en un violín, una hermosa, divertida y patética reflexión sobre la maternidad, pueda ser la más política –entendiendo lo político en su acepción amplia, la que abarca lo sociocultural– de las tres entregas de la trilogía de Claudio Tolcachir, sería un error entender este nuevo y feliz estreno como una obra política. Al cabo, aunque el director argentino toma posición por primera vez al decantarse emocionalmente por la pareja de lesbianas pobres que harán lo indecible por tener un hijo frente a la señora adinerada y madre castradora, también sitúa a sus criaturas al borde del abismo y las enfrenta al ridículo: Lena y Celeste, tan inmaduras, llegarán a violar a un joven –que encima no será el idóneo– para lograr su propósito.

Como la sobresaliente La omisión de la familia Coleman y la no menos excepcional Tercer cuerpo (aunque su repercusión fuera menor), El viento en un violín es, ante todo, un retrato humano que viene a recordarnos que vivimos en un pequeño y desordenado universo en el que las cosas no siempre salen como queremos. Lo hace, de nuevo, analizando ese microcosmos que es la familia, con sus egoísmos, intereses y secretos, el mismo paisaje de la primera parte del ciclo y, a su manera –¿qué, sino otra familia, mal avenida, es el entorno laboral?–, de la segunda. Una de las claves del teatro de Tolcachir es su huida de toda grandilocuencia: habla del hombre sin intención aleccionadora desde pequeñas historias de seres cotidianos.

Su teatro se basa en el actor y su dirección es coherente con lo anterior, acoplándose a una compañía que es a su vez casi una familia. De hecho, volvemos a ver al reparto de Coleman, y se dan incluso similitudes en sus papeles: el Marito esquizofrénico de aquélla vuelve a encontrarse con Lautaro Perotti en el Darío inestable y malcriado –un personaje que merece un tratado aparte sobre la educación que damos a nuestros hijos– de El viento en un violín, de la misma manera que Tamara Kiper salta de la esforzada Gabi a la cándida Celeste, la cuasi niña empeñada en portar en su vientre a un hijo.

Todos, como la madre egoísta y manipuladora, una estupenda Miriam Odorico, la sirvienta encarnada por Araceli Dvoskin –su abuela en Coleman era otro hallazgo–, el psicólogo que no da crédito a lo que se le viene encima de Gonzalo Ruiz o la decidida y algo macarra Lena de Inda Lavalle, cuajan una manera de entender la actuación que no tiene que ver con métodos sino con complicidades y que se ajusta a medida a la escritura de Tolcachir, capaz de empapar de humor negro las situaciones más demenciales.


Texto y dirección: Claudio Tolcachir. Escenografia: Gonzalo Córdoba Estévez. Iluminación: Omar Possemato. Reparto: Inda Lavalle, Tamara Kiper, Miriam Odorico, Araceli Dvoskin, Lautaro Perotti, Gonzalo Ruiz. Festival de Otoño en Primavera. Naves del Español-Matadero Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón (recogida en el blog Notas desde la fila siete, 24-5-2011)

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