Espert, por la puerta grande

LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA

Hay espectáculos en los que, inevitablemente, la atención sobrepasa al objeto para centrarse en el sujeto. Más allá de ser un bello y violento poema de Shakespeare -un texto de juventud, seguramente, desconocido para mucha gente-, superlativo en algunos de sus versos y de hondo calado trágico, el nuevo montaje del Teatro Español, La violación de Lucrecia, se convierte en un acto de reivindicación. Un pedestal para una inmensa actriz, Nuria Espert, a cuya fama no han hecho justicia en los últimos años sus trabajos, bien por sus elecciones -pienso en el fiasco de Hay que purgar a Totó-, por ella misma, ya saben que el mejor escribano hace un borrón -en un montaje interesante como Play Strindberg su aportación fue irregular-, o incluso porque no hubiera batutas que la ayudaran a brillar.

En cualquier caso, Nuria Espert, como dirían en el cine, ha vuelto. Y lo ha hecho por la puerta pequeña -la sala de “cámara” del Español- pero a lo grande, con un bululú a su medida, un laberinto de emociones a modo de poema dramatizado que es ahora oratorio, ahora narración, ahora cruda descripción de un descenso a los infiernos de la duda y el miedo, la lujuria y el remordimiento, la vergüenza y la muerte.

Espert lo es todo en un caleidoscopio de gesto y emoción, un viaje por etapas que sólo una gran figura sabe condensar y transmitir, en solitario y a su edad, con tal energía y riqueza de matices

Nuria Espert comienza siendo, en un guiño metateatral, Nuria Espert, que lee La violación de Lucrecia y no logra hallar cómo dar aliento al texto sin que suene impostado. Entonces, Espert deja de ser Espert para encontrar esa vía: se adentra en el poema en carne y hueso y es Tarquino, el príncipe que traiciona a la confianza de su anfitrión y desea a su esposa. Espert es después la bella y temerosa Lucrecia, que ve entrar en su alcoba a la bestia cegada por su instinto. Y la mujer deshonrada. Espert lo es todo en un caleidoscopio de gesto y emoción, un viaje por etapas que sólo una gran figura sabe condensar y transmitir, en solitario y a su edad, con tal energía y riqueza de matices.

Esta gran interpretación -volvemos a la parte de las batutas- es el resultado de una conjunción de talentos: Espert acudió a Miguel del Arco y el artífice de la sorprendente La función por hacer corrobora que es un director cuya trayectoria conviene seguir con atención. Lo que podría ser un producto plano, la típica lectura dramatizada camuflada, se convierte en un ejercicio de teatro vivo con capas de interpretación, recursos inteligentes y un preciso uso de luz y sonido. Y, sobre todo, entendimiento y comunicación entre director y protagonista.


Autor: William Shakespeare. Traducción: José Luis Rivas Vélez. Dirección: Miguel del Arco. Escenografía y vestuario: Ikerne Jiménez. Intérprete: Nuria Espert… Teatro Español (Sala pequeña). Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Noviembre 2010).

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