Carnavales y funerales

 "El burlador de Sevilla", de Tirso de Molina, dirigido por Josep Maria Mestres, CNTC
EL BURLADOR DE SEVILLA

No hay un mito, un personaje o un tema sobre el que se hayan hecho más versiones y se haya gastado más tinta en Occidente que el de Don Juan, y en concreto en el teatro español cobra una importancia particular. En los últimos años, además, ha estado sujeto a revisiones acordes con el espíritu de los tiempos, como el Don Juan Tenorio de Blanca Portillo, montaje reivindicador del vacío moral y la bajeza de su protagonista, de cuya virilidad se mofaba, negándole su esencia misma. En la CNTC  estrena ahora Josep María Mestres una versión de El burlador de Sevilla, drama de Tirso de Molina (1615 o 1627).

Las versiones sobre su su origen difieren, y no está claro si antecedió o no a otro texto de Tirso muy similar titulado Tan largo me lo fiáis. Pero no hay duda que el Burlador es la piedra fundacional de la tradición del Don Juan, antes que el de Molière (1665), el de Da Ponte y Mozart en ópera (1787) o el de Zorrilla (1884).

Lo primero que sorprende, gratamente, es la riqueza de este Burlador, que Borja Ortiz de Gondra, autor de la versión, ha acortado notablemente, pero ha enriquecido con fragmentos de otros textos. El verso fluye con naturalidad y belleza -sigue siendo la CNTC, con Pepa Pedroche como asesora, aunque con un reparto lleno de invitados- y el sello de la compañía pública se nota en una producción esmerada y un elenco poderoso, sobre el papel, y abundante.

Lo segundo que sorprende, no tan gratamente, es la frialdad de la propuesta estética. El director y la escenógrafa, Clara Notari, nos encierra en una losa ambiental: una escenografía palaciega en la que todo son mármoles níveos que transmiten un aire a tanatorio. Sabemos -y si no, se lo cuento, cuidado con el… ¿spoiler?-, que Don Juan Tenorio habrá de pagar su vida de excesos, de “burlas” a las mujeres, desafíos al honor y otros crímenes peores, cuando el fantasma de Don Gonzalo de Ulloa, al que ha asesinado vilmente, se lo lleve a los infiernos. Después de pasarse media obra repitiendo el conocido “tan largo me lo fiáis” cada vez que alguien le advierte que la muerte está a la vuelta de la esquina y que Dios le juzgará por sus pecados, el burlador cae ante el convidado de piedra, un espíritu encarnado en estatua. De ahí el mármol, claro. Pero, pese a estar plena de sentido, la elección convierte a la función en un prolongado funeral.

“El director nos encierra en una losa ambiental: una escenografía palaciega en la que todo son mármoles de una frialdad tétrica, un aire a tanatorio”

Por otro lado, la propuesta de Mestres y los figurines de María Araujo arrastran en la huida hacia adelante del protagonista al público, que va cambiando de épocas, estilos y ambientes en un batiburrillo poco justificable. De un carnaval cortesano y aurisecular, en el arranque, pasamos a una playa de pescadores que parecen salidos de una pintura de Sorolla -la escena de Tisbea- o a un palacio ochocentista -el de Nápoles, primero, los de Sevilla después-. En estos espacios, lo mismo tiene cabida un frac que un miriñaque, una chaqueta de policía local con un letrerón en su espalda que pone “Guardia” (¿era necesario? queda bastante claro que lo son) que una rondalla decimonónica o una americana a lo Armani, con la que el protagonista queda convertido en un American Psycho. Uno no sabe si llamarle Don Juan, Juante o Johnny.

No acabo de tener suerte como espectador con esta obra. Recuerdo, también en la CNTC, el Burlador de Narros, con Carlos Hipólito (2003), y el de Dan Jemmett, en La Abadía, con el español Antonio Gil (2008), un Don Juan tullido y que movía más a la pena que al desprecio. Siendo trabajos más que dignos e interesantes, como éste de Mestres, ninguno me entusiasmó. Qué complicado debe de ser acertar con el tono y el espíritu de una obra a la que es tan frecuente aproximarse superficialmente, un personaje tan mal interpretado por cada época. Sobre el de Molière, el personaje de Louis Jouvet en Elvira aporta una interesante reflexión: “Don Juan es un milagro de la Edad Media, una obra de teatro que no es ni religiosa ni antireligiosa, pero que está totalmente impregnada por la preocupación por Dios. Eso es Don Juan. No se trata de un mujeriego. El problema no está ahí. Sería demasiado simple”. Por ahí van los tiros del Don Juan francés, aunque el de nuestro mercedario madrileño es otra cosa.

“Recuerdo el Burlador de Narros, con Carlos Hipólito y el de Dan Jemmett, con Antonio Gil. Siendo trabajos más que dignos e interesantes, como éste, ninguno me entusiasmó”

Hay un buen número de actuaciones notables, y algunas mucho más que eso, en esta producción. Me quedo, para empezar, con protagonista y criado. Una elección acertadísima la de apostar por el carácter marginal, callejero, que Raúl Prieto sabe imprimirle a su Don Juan. No olvidemos que es un niño de papá de la época, un macarra con plata, un sinvergüenza encantador de serpientes que no respeta nada porque cree estar por encima del bien y del mal. Prieto se ajusta con cada palabra dejada caer, con cada mirada autosuficiente, a ese perfil. Y luego aparece Pepe Viyuela, cómico maravilloso, y uno firmaría por que cada criado, cada gracioso de nuestros escenarios -y los ha habido muchos y muy buenos- no bajaran nunca del elevado listón que marca éste. Sal de la mar, polvo de la tierra, hambre, miedo y sanchopancismo en estado de gracia, sólo por ver un ratito a Viyuela en el papel del temeroso Catalinón merece la pena ver este Burlador de Sevilla. El cierre, fundido en negro con el sirviente convertido en dedo acusador de estos tiempos nuestros, es memorable.

El apartado femenino brilla con intensidad: hay cuatro estupendas actrices que dicen bien el verso y capturan la ilusión de sus personajes, primero, la desilusión y la rabia, después, cuando han sido engañadas, usadas y, en algún caso, forzadas por un galán cuestionable convertido en mezquino violador. Don Juan no repara en clases sociales: Mamen Camacho (la pescadora Tisbea, a la que el Tenorio engaña con promesas de matrimonio), Elvira Cuadrupani (la duquesa Isabela, burlada con la ayuda de la oscuridad y la máscara), Irene Serrano (Doña Ana, enamorada de un “amigo” de Don Juan, que ni eso respeta el impulsivo seductor Mañara) y Lara Grube (Aminta, aldeana a la que Don Juan hace creer el día de su boda que su marido la ha abandonado) comparten un mensaje que hoy está en el aire. Pero Mestres y Gondra son sutiles: se agradece. La historia habla por sí sola y no es necesario subrayarla. Don Juan se retrata en cada escena. Tirso lo manda de cabeza al infierno. Dice Don Juan: “Deja que llame / quien me confiese y absuelva”. El fantasmal Gonzalo, mientras le arranca la vida, responde: “No hay lugar, ya acuerdas tarde”.

“Mestres y Gondra son sutiles: se agradece. La historia habla por sí sola y no es necesario subrayarla. Don Juan se retrata en cada escena. Tirso lo manda de cabeza al infierno”

Pagará, pues, durante toda la eternidad: su arrepentimiento ha sido tardío, cuando las garras de la muerte lo atrapan en un abrazo de piedra. Claro que lo que en el siglo XVII era a ojos de todos castigo suficiente, hoy a muchos les parece poco castigo, o fiado muy largo. Hay quien cree que conviene revisar, juzgar a Don Juan más allá de la muerte, etiquetarle, destruirle, fijar una sentencia moral sobre la obra y la figura. Nos hemos vuelto más contrareformistas que el imperio de los Austrias Menores. La sociedad más pornográfica empieza a ser, paradójicamente, la más puritana.

En el apartado masculino hay caras y cruces. Destacaría el buen hacer de Egoitz Sánchez (el engañado Duque Octavio, que busca reparación) y de Paco Lahoz, al que le toca lidiar, y lo hace con la mayor dignidad, con una caracterización extravagante, convertido en una estatua viviente que parece sacada de entre los que así se buscan la vida en la Puerta del Sol o en otros rincones de la Villa y Corte.


Autor: Tirso de Molina (con textos de otros autores).  Versión: Borja Ortiz de Gondra. Dirección: Josep Maria Mestres. Intérpretes: Raúl Prieto, Pepe Viyuela, Elvira Cuadruani, Mamen Camacho, Irene Serrano, Lara Grube, Ricardo Reguera, Pedro Miguel Martínez, Samuel Viyuela, Egoitz Sánchez, Paco Lahoz, Juan Calot, Ángel Pardo, José Juan Rodríguez, José Ramón Iglesias. Escenografía: Clara Notari. Iluminación: Juanjo llorens. Vestuario: María Araujo. Vídeoescena: Álvaro Luna. Teatro de la Comedia. Madrid.

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