Lope a través del espejo

"El castigo sin venganza", dirigido por Helena Pimenta
Beatriz Argüello y Rafa Castejón, en la obra / Foto: Sergio Parra
EL CASTIGO SIN VENGANZA

Regresa a Madrid, con aroma a despedida, El castigo sin venganza, una producción de 2018 de la CNTC dirigida por Helena Pimenta, que cedió hace meses el testigo de la compañía pública a Lluís Homar. Se me había escapado esta producción en su estreno y me he acercado a verla ahora. Es algo que recomiendo hacer a todo lector: este Castigo sin venganza, texto sombrío y duro, es uno de los más bellos montajes de la CNTC de los últimos años.

En El castigo sin venganza, Lope se mete en la piel de Calderón en un drama de honor, tragedia en realidad, ambientado en Ferrara y con ecos griegos. Resuenan Hipólito y Fedra sin ser nunca mencionados -Lope sí acude en cambio a Antíoco y Estratónice– en los personajes de Federico y Casandra, hijastro y madrastra arrastrados a una pasión prohibida, pues ella ella es la nueva esposa del Duque, padre y marido de ambos respectivamente. Al comienzo se resisten y tratan de hacer lo correcto, pero Federico se halla «sin mí, sin vos y sin Dios», como le dirá a Casandra. Cuando el Duque descubre la traición consumada por su propia sangre, la hará correr en un final inmisericorde con el que Lope justifica el título: no es venganza, sino castigo necesario, pues el honor ha sido dañado.

Resuenan Hipólito y Fedra sin ser nunca mencionados en los personajes de Federico y Casandra, hijastro y madrastra arrastrados a una pasión prohibida

Es esta una tragedia de honor escrita por un Lope de Vega veterano en 1634, un año antes de morir. Quizá por lo que tiene de historia incómoda no acababa de encontrarme, vitalmente, con esta obra. No terminaba, quiero decir, de disfrutarla como espectador. Eduardo Vasco la montó para el Clásico en 2005, con Arturo Querejeta, Clara Sanchis y Marcial Álvarez. La revisión del mismo texto de la compañía Rakatá (2010) se llevaba la acción a un bosque escenográfico, con Gerardo Malla, Alejandra Mayo y Rodrigo Arribas en los papeles de Duque, Casandra y Federico, respectivamente.

No publiqué crítica de ninguno de ambos montajes, si no me falla la memoria -no las tengo al menos en mi archivo ni logro dar con ellas- encuentro-, pero quiero recordar que ambas me parecieron montajes interesantes y con acertados trabajos actorales, aunque no acababan de encontrar su lugar en esa indefinición entre la tragedia y la comedia que marca al texto (Lope pasa del arranque festivo al final tremendo).

Bellísima es la escena en que Federico y Casandra se entregan al amor, reflejado en ese gran espejo. Y la que, también con el espejo como protagonista, los sitúa rodeando al Duque

Esta nueva producción de la CNTC tiene varios factores que la convierten en la que más he disfrutado, empezando por su soberbia estética. El trabajo escenográfico de Mónica Teijeiro juega con vacíos y espacios abiertos en los que unas discretas mamparas transparentes que imitan a espejos manchados y un gran espejo real colgante multiplican, a la manera de la fobia borgiana, los hechos que vemos.

Bellísima es la escena en que Federico y Casandra se entregan finalmente al amor, reflejado en ese gran espejo. Y la que, también con el espejo como protagonista, los sitúa rodeando al Duque, aún ignorante de la infidelidad, que ve en ellos a las dos personas a las que más quiere. Fabuloso igualmente el vestuario de Gabriela Slaverri, indefinido, acrónico, un viaje fin-de-siecle entre godotiano y militar que encaja con la sobriedad de la propuesta.

Álvaro Tato versiona con elegancia y mimo el texto de Lope. Además, Pimenta despliega sus mejores dotes -que las tiene, muchas- en una dirección que juega sin epatar

Cuando todo lo que el ojo percibe es acertado, se tiene mucho ganado. Álvaro Tato versiona con elegancia y mimo el texto de Lope. Además, Pimenta despliega sus mejores dotes -que las tiene, muchas, y tablas para aburrir- en una dirección que juega sin epatar: sabe cuando llenar el escenario, cuando, con una decena de actores repartidos, crear una corte, cuando sentarlos y hacerlos esperar.

Factor final, pero no menor, claro: un puñado de intérpretes que conocen y aman los clásicos y que se encuentran y conjuran en la pronunciación, el decir del verso y la emoción. No debería uno seguir a estas alturas diciendo lo enorme que es Joaquín Notario, porque toda España debería saberlo. Y fuera también. Pero como el teatro es injusto y no es la televisión ni el cine, volveré a decirlo. Tenemos a uno de los grandes actores del continente, dedicado en gran parte de su vida a los clásicos, y cada papel que aborda es otra lección de interpretación. Su Duque tiene momentos tiernos, casi cándidos, hasta bobalicones. Y luego es pura fuerza y severidad.

Tenemos a uno de los grandes actores del continente, Joaquín Notario, dedicado en gran parte de su vida a los clásicos, y cada papel que aborda es otra lección de interpretación

Junto a Notario, la pasión desatada entre Casandra y Federico encuentra en Rafa Castejón y Beatriz Argüello un filón. Castejón lleva ya tiempo haciendo primeros papeles en la CNTC y repite aquí filiación con Notario: ambos fueron ya hijo y padre en La verdad sospechosa (2013). Su dicción limpia y serena son un seguro. Argüello tiene una fuerza natural que pide a gritos más papeles protagonistas, si es que a estas alturas de su carrera algún productor no la conoce aún. Su Casandra es cautivadora y alegre al comienzo, y creíble en su arrebato después. Es importante en teatro que las pasiones sean creíbles -que los protagonistas no chirríen, físicamente o por edad, que de todo ‘veredemos’-, más aún si hablamos de una tan compleja, y la que plantea este reparto funciona desde que ambos personajes se conocen.

Muy bien también el resto del reparto, desde Lola Baldrich (Lucrecia) a Javier Collado (el Marqués de Gonzaga) y Nuria Gallardo (Aurora) especialmente el Batín de Carlos Chamorro, que sabe aprovechar la ocasión que brinda un gran personaje de criado gracioso como Batín, con líneas memorables. También algunos rostros surgidos de las filas de la Joven CNTC, como David Soto Giganto y Fernando Trujillo.


Autor: Lope de Vega. Versión: Álvaro Tato. Directora: Helena Pimenta. Escenografía: Mónica Teijeiro. Vestuario: Gabriela Salaverri. Coreografía: Nuria Castejón. Selección y adaptación musical: Ignacio García. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Intérpretes: Joaquín Notario, ´Beatriz Argüello, Rafa Castejón, Carlos Chamarro, Lola Baldrich, Nuria Gallardo, Javier Collado, David Soto Giganto, Fernando Trujillo, Cristina Arias, Íñigo Álvarez de Lara. Teatro de la Comedia. Madrid.

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