Tragarse las palabras

IMPULSOS (BPM)

Conviene entender Impulsos (BPM) dentro de su contexto: es un montaje surgido del Laboratorio Rivas Cherif, es decir, el espacio de «investigación dramatúrgica» del Centro Dramático Nacional, y que forma parte del ciclo Escritos en la Escena II, una parte de la programación del CDN dedicada a trabajos que se van conformando frente al espectador: hay una primera tanda de exhibición con la obra aún en pleno proceso de formación y un segundo grupo de fechas frente al público con la pieza ya teóricamente lista. Ver esta obra en su tramo final, como hice yo, asegura que estamos ya en las fechas del montaje engrasado, pero obliga a escribir de él cuando dice adiós a la cartelera, lo cual es una lástima, porque estos Impulsos (BPM), pese a su imperfección, son un estimulante ejercicio de teatro y de pensamiento y un montaje realizado por un valioso grupo de intérpretes. 

María Prado, dramaturga y directora de la pieza, nos sitúa ante un texto sin personajes, a varias voces, en las que se va construyendo ante el espectador una sinfonía de reflexiones sobre la censura, la autocensura, lo políticamente correcto, los límites de la libertad de expresión, las consecuencias de la palabra. El debate es interesante y a día de hoy, claramente oportuno. Prado y los intérpretes de este texto de laboratorio no toman partido: el montaje es en todo momento una mirada a lo paradójico, a lo inquietante de nuestra relación como ciudadanos con lo que decimos y opinamos, con los límites que ponemos a la expresión y con cómo se ven esos límites desde la perspectiva de un observador externo.

 

Prado y los intérpretes de este texto no toman partido: el montaje es una mirada a lo paradójico, a lo inquietante de nuestra relación como ciudadanos con lo que decimos y opinamos

Se sugieren escenarios y conflictos: la infancia (¿se puede defender en público que pegar a un niño era necesario?), el terrorismo, el sexo, la política, las instituciones (el Rey, por supuesto, y la bandera, temas de plena actualidad)… Pero no es un montaje político, entendido en el sentido de lo ideológico. Nadie es juzgado. Ninguna posición se impone a otra.

Digo que es imperfecto porque domina la confusión en ciertos momentos. La voluntariedad de lo postdramático, de la ausencia de voces, hace que el mensaje no sea siempre claro. Quizá, puro McLuhan, en esta propuesta el medio sea más que nunca el mensaje en sí mismo, y no se trate tanto de qué nos cuenta sino de por qué y en qué contexto social. Al resultado se le ven ciertas costuras de taller, de ejercicio artificial. Con todo, tanto la idea como su ejecución mantienen el interés del espectador, que se ve interpelado desde el comienzo por preguntas lanzadas al aire como «¿de verdad vas a utilizar esa palabra?». Todos nos hemos mordido la lengua más de una vez, y quienes escribimos sabemos lo que es atarse los dedos. O, como los protagonistas de algunas escenas de Impulsos (BPM), nos hemos comido, literal o metafóricamente, nuestras palabras.

 

Domina la confusión en ciertos momentos. La voluntariedad de lo postdramático, de la ausencia de voces, hace que el mensaje no sea siempre claro

Impulsos (BMP) deja en el aire la duda de si hay una propuesta, una apuesta personal. Al final, cada espectador puede decidir situar esos límites donde crea necesario. O no situarlos en absoluto en ningún sitio. 

Todo lo que se desliza entre las líneas y escenas de este montaje puede servir para las vacilaciones a las que se enfrenta un periodista frente a la pantalla de su ordenador, para un escritor o un dramaturgo ante su momento de escritura, o para un ciudadano cualquiera que se plantee si debe decir tal o cual cosa ante sus amigos sin que estos le etiqueten de indeseable.

 

En este conjunto de escenas, los siete intérpretes se intercambian constantemente la propiedad de los diálogos. Lo hacen con frescura y decisión

En este conjunto de escenas, los siete intérpretes se intercambian constantemente la propiedad de los diálogos. Lo hacen con frescura y decisión. Tienen especial fuerza algunos momentos, como el de Beatriz Grimaldos desesperándose ante un niño que no responde a los razonamientos de un adulto, el de Alejandro Saá titubeante y exasperado ante un típico problema de incomunicación por volumen (¿quién no ha tenido enfrente a esa típica persona a la que no se le entiende nada de lo que dice y no hay forma de hacérselo ver?) o el de Fernando de Retes convertido en líder populista… de una asociación de muñecos vivientes (los habrán visto por Madrid y otras ciudades, Mickey ouse, Bob Esponja, Spider-Man…).

Pero todos contribuyen, y Rebeca Matellán, Luna Paredes, Carmen Valverde y Efraín Rodríguez aportan también su buen hacer al conjunto con esfuerzos actorales notables. Más allá de lo individual, el elenco funciona como un solo cuerpo con una acertada dirección, en la que Prado juega con audiovisuales y un buen entendimiento del espacio escénico.


Texto: María Prado. Dirección: María Prado. Intérpretes: Beatriz Grimaldos, Rebeca Matellán, Luna Paredes, Fernando de Retes, Efraín Rodríguez, Alejandro Saá, Carmen Valverde. Escenografía y vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Roberto Rojas. Vídeo: David Martínez Sánchez. Espacio sonoro: Irene Maquieira. Teatro María Guerrero (Sala de la la Princesa). Madrid.

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