Crematorio a la soriana

"Los Mariachis", de Pablo Remón
Los cuatro protagonistas de la obra / Foto: La Abducción
LOS MARIACHIS

Hace poco descubrí a Pablo Remón en la bella, divertida y melancólica obra El tratamiento, aunque el autor y director llevaba ya unos cuantos títulos estrenados, montajes de los que quienes van más al teatro que yo no paraban de hablar (Barbados etcétera, La abducción de Luis Guzmán…). Los Mariachis es la nueva producción de Remón y en ella se encuentra de nuevo un talento singular para la narración y una sensibilidad extraña capaz de mezclar con acierto la comedia más bárbara con la tristeza. A todo ello, Remón suma aquí la radiografía de la España de la corrupción con un relato de políticos que meten la mano en la caja, fiestas rurales con cabezudos, pueblos que agonizan en la meseta soriana, cocaína y granjas de avestruces. Y, de nuevo, el resultado es una obra que merece la pena no perderse.

Los Mariachis, que nada tiene que ver con México ni falta que hace -el nombre va por una peña de amigos, otro factor localista de esa España que Remón acierta a retratar con ironía pero no sin cariño- es de nuevo una producción de La Abducción, y en escena repiten dos de los actores de El tratamiento, ambos integrantes de la compañía, el enorme Francisco Reyes (literalmente, me refiero al tamaño, aunque también es un actor grande en talento y aquí está divertidísimo como el primo macarra-filosófico-‘sentencias’) y Emilio Tomé, que encarna la desesperación de quienes tratan de sacar adelante negocios en tierras baldías con todo en contra. Un papelón el que Tomé hace, desesperado frente a la estulticia que le rodea y la adversidad del destino que se empeña en poner piedras en su camino.

Si Los Mariachis fuera una película de Hollywood estaríamos hablando de loosers y desiertos. Pero vamos a dejarlo en que sus protagonistas son ‘tres pobres desgraciaos a los que la vida ha dejao tiraos’, que cantaba (más o menos) un madrileño de camino a Soria. A ellos se unirá un político corrupto caído en desgracia que descubre, sigo con las citas musicales (gracias, Lennon, donde quiera que estés), que ‘nadie te conoce cuando has tocado fondo’. Le han pillado con las manos en la masa y es ya un paria a la fuga.

“Los protagonistas son ‘tres pobres desgraciaos a los que la vida ha dejao tiraos’, que cantaba (más o menos) otro soriano ilustre, y un político corrupto caído en desgracia”

Remón da cada puntada con inteligencia: sobre el hogar de la familia en el pueblo, donde convergen las historias de los tres primos y el político, se proyecta la sombra del toro de Osborne, ese símbolo inequívoco, pero hay otros, pequeños, cotidianos: los electrodomésticos abigarrados, las cortinillas de plástico, la cabeza -de nuevo de toro- para los cabezudos, fiesta en la que uno de los primos deposita toda su razón de ser vital, como si con eso fuera a revivir a un pueblo por el que, como en Pedro Páramo, ya solo caminan fantasmas… Los Mariachis es un Crematorio a la soriana, sin violencia ni pelotazos urbanísticos: aquí sólo hay negocios ruinosos, botellines de cerveza en vez de cócteles de lujo y políticos de segunda fila, buitres que ni siquiera esperan a que el cadáver de su compañero de filas esté frío.

Mónica Boromello recrea con una escenografía abierta la cocina, el lugar que en tantos hogares es el corazón de la casa, y en el que la antigüedad (las fotos de los ancestros, con guiño textual a la consanguineidad y por tanto a la mengua cerebral) convive con la decadencia (la cocaína que todo lo invade). Suena música tecno y las mujeres abandonan a los hombres. Sería una postal desoladora si no fuera por el humor brutal que Remón imprime prácticamente a cada escena.

En ese humor tiene mucho que ver el personaje que interpreta Luis Bermejo, que de nuevo ofrece otro recital actoral: es el primo absurdo, el que parece no enterarse de qué va la vida, el que convierte la tragedia en un sainete de forma involuntaria. Y junto a él otro gran actor, Israel Elejalde, que enfundado en un traje polvoriento de político corrupto extrae matices sutiles a un hombre que lo ha perdido todo y ve cómo su mundo se derrumba. Algunas de sus escenas -en concreto la que hacen ambos, Elejalde y Bermejo, pero éste en la piel de otro personaje, otro político no mucho mejor que el mangante- son para recordar.

“Suena música tecno y las mujeres abandonan a los hombres. Sería una postal desoladora si no fuera por el humor brutal que Remón imprime prácticamente a cada escena”

Me interesó la reflexión final: hay una mirada casi compasiva hacia la figura del corrupto. No digo que Remón lo defienda, pero sí lo humaniza, explora sus razones, su ética equivocada más que su falta de ética. Me interesa no porque crea que haya que justificar a ningún corrupto, pero me parece valiente que la mirada no se quede en la superficie y la demonización llegue a su justa medida. Jamás empatizaré con el violador, el asesino, el pederasta… Pero sí puedo comprender al pobre diablo que al final quiso tener por la vía rápida la vida que no le tocó. Por más que a todos nos rompa que lo haga con nuestro dinero.

Aunque a Los Mariachis le falta ese punto genial, los diálogos hilarantes y repletos de belleza de El tratamiento, sigue siendo un estreno más que recomendable, un estupendo viaje tragicómico al corazón de la piel de toro que confirma la imparable creatividad de Remón.


Autor: Pablo Remón. Dirección: Pablo Remón. Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Francisco Reyes, Emilio Tomé. Escenografía: Mónica Boromello. Vestuario: Ana López. Iluminación: David Picazo. Sonido: Sandra Vicente_Estudio 340. Teatros del Canal. Madrid.

Estrellas Volodia
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