Palabras del calibre 38

"Oleanna", de David Mamet
Sánchez y Guillén Cuervo, en escena
OLEANNA

Las obras que llamamos clásicos a veces lo son porque aciertan a trascender su momento y retratar distintas épocas. En algunos casos, podríamos pensar que casi se adelantan a ellas. Oleanna, drama escrito por David Mamet en 1992 es eso que podríamos llamar, no sin cierta contradicción, clásico contemporáneo. Un cuarto de siglo después de su escritura, el conflicto que retrata se revela más vivo que nunca, posiblemente más que en los 90. Mamet fue visionario sobre algunos cambios hacia los que se precipitaba la sociedad. O, dicho de otro modo, sin saberlo estaba escribiendo una obra futurista de denuncia social.

En Oleanna asistimos a un pulso entre dos personajes. Una alumna acude al despacho de un profesor universitario de prestigio para tratar de convencerle de que le suba la nota raspada que ha sacado. Ella sólo es una joven sin demasiado talento, en apariencia al menos, que no acaba de comprender la asignatura, pero para la que es importante obtener mejor puntuación. Él es un hombre de complejidad intelectual y una carrera al alza: está a punto de conseguir la plaza de catedrático y de firmar la compra de una casa más grande. La batalla que se avecina es desigual, pero no como cabría suponer. El infierno del profesor no ha hecho más que comenzar.

“Asistimos a un pulso entre dos personajes. Una alumna acude al despacho de un profesor universitario para tratar de convencerle de que le suba la nota raspada que ha sacado”

Oleanna habla del abuso, pero no el sexual o el psicológico, sino de otras actitudes que se ejercen desde posiciones de dominio con las que se le puede destrozar la vida a alguien. Desde arriba, con el desdén, las conductas invisibles e inconscientes ancladas en sistemas y jerarquías que ignoran a veces a los “insectos” que tienen debajo. Desde abajo, con la revolución, cuando ésta no atiende a razones y pone guillotinas -aunque sea metafóricas- para reventar al viejo sistema, llevándose por delante a quien haga falta y empleando los medios necesarios.

Oleanna desviste la mentira, pero no la institucional o la del poder. Advierte sobre el lenguaje usado como trampa, como arma de doble filo. Cada palabra del profesor, en el primer acto, se volverá contra él en el segundo y el tercero. El público será testigo del uso torticero de una declaración desafortunada o una frase torpe –podría valer para un titular de prensa sacado de contexto-, de la tergiversación consciente de una situación, de la conversión de palabras en armas destructivas, vueltas en contra de quien ha cometido el pecado de la soberbia y el delito de la imprudencia.

“Oleanna habla del abuso, pero no el sexual o el psicológico, sino de otras actitudes que se ejercen desde posiciones de dominio con las que se le puede destrozar la vida a alguien”

Oleanna es un gran texto que quizá incomode hoy a los talibanes de la corrección política, los adalides del igualitarismo y los hooligans de la tabla rasa. Diría que Mamet siente más simpatía por los méritos -pero esto no se lleva-, pese a los defectos del profesor, que por el rencor destructivo de quien siente que el sistema le ha dado la espalda y hace valer las ofensas sobre la lógica y el juego limpio. No olvidemos que lo que hoy cabe leer en términos de feminismo radical o de lucha de clases llevada al extremo nace de una pluma de Chicago: en el contexto de EE UU la estudiante y su grupo, al que ella alude oscuramente, bien podrían ser una minoría racial o religiosa.

De hecho, la génesis de la obra tiene una anécdota concreta: el escándalo de un juez acusado de acoso. En su estreno, el texto generó reacciones acaloradas, pues hubo quien la consideró machista y oportunista. Pero, más allá del contexto –que a Mamet se la trajo al pairo, o eso dijo-, es fácil imaginar Oleanna con una actriz negra o musulmana, y con un político, un empresario o un presentador de televisión en vez de un profesor universitario. Casos recientes como el de Woody Allen podrían encajar en el estado de cosas retratado por la obra.

El montaje que dirige Luis Luque juega al cambio de coordenadas relativas en la pugna de poder entre profesor y alumna: el escritorio del profesor se irá desplazando de un lado a otro según avanza la obra, como una metáfora de quién domina la situación. Es una idea bien resuelta pero acaso algo obvia. Por lo demás, la dirección lo fía todo al trabajo de Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez, que cumplen con solvencia lo que se espera de ellos. La actriz tiene un aire aniñado y desamparado al comienzo, pero sabe enseñar los colmillos según avanza la obra, mientras que Guillén Cuervo pasa de la autosuficiencia a la desesperación entre llamada y llamada de teléfono –cómo le gusta a Mamet el recurso telefónico, el mismo que emplea en otro interesante thriller sobre el poder, Muñeca de porcelana-.

“El montaje que dirige Luis Luque juega al cambio de coordenadas relativas en la pugna de poder entre profesor y alumna: el escritorio del profesor se irá desplazando”

Una y otro están bien, aunque en general a ambos, y a la dirección actoral de Luque, se les pueda pedir un poco más de sorpresa, salirse sin miedo del guion establecido. Oleanna es, en ese sentido, poco mametiana, aunque la propuesta del director funcione como un mecanismo bien engrasado y acierte a transmitir el desasosiego del profesor atrapado en la tela de araña de la alumna y la entropía de ese sistema imperfecto que llamamos vida en el que un día estamos arriba y al siguiente hemos caído sin remisión por el capricho de una palabra mal elegida.

Éso es lo que hace de Oleanna una pieza poderosa, además de las advertencias que encierra: es un texto enorme sobre el poder devastador del lenguaje, esa arma de construcción y a la vez de destrucción masiva.


Autor: David Mamet. Versión: Juan V. Martínez Luciano. Dirección: Luis Luque. Escenografía: Mónica Boromello. Intérpretes: Fernando Guillén Cuervo, Natalia Sánchez.  Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Vestuario: Almudena Rodríguez. Música: Mariano Marín. Gira por España (consultar).

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