Esto no es una crítica feroz

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ESTO NO ES LA CASA DE BERNARDA ALBA

Eso nos dice Carlota Ferrer, directora de este ying y yang, este ejercicio de dualidad escénica, este darlo todo para después quemarlo todo: nos dice desde el título que lo que vamos a ver no es La casa de Bernarda Alba. Y eso, precisamente, es y no es una mentira, según se mire. De la misma forma que estas líneas son y no son una crítica feroz. El que quiera entender, que siga leyendo y entenderá.

Miente Ferrer durante hora y media en la que, sí, vemos la obra de García Lorca, cambiada, joven, osada, valiente, vibrante, intensa… La casa de Bernarda Alba interpretada por hombres, transformada, llevada al terreno de la investigación y el riesgo, pero Lorca al fina y al cabo. Tan Lorca como pueda serlo el que más y tan cautivador por momentos como sólo el brillo del genio creativo logra, tan Federico como le hubiera gustado a Federico, que fue un revolucionario del teatro, un inconformista.

“Vemos la obra de García Lorca, cambiada, joven, osada, valiente, vibrante, intensa… La casa de Bernarda Alba interpretada por hombres, transformada, pero Lorca al fina y al cabo”

Y luego acierta la directora en lo de que “no es” cuando al final inserta un pastiche, una soflama, un mitin que ni los del amado líder surcoreano, pero en el leit motiv de este 2017, el año de las mujeres, un “aquí estamos yo y mi lucha” que derrumban lo que el teatro debe ser. Ahí no se equivoca en el concepto, porque efectivamente lo que el espectador ve y escucha deja de ser La casa de Bernarda Alba, pero es falaz en el título, que yo hubiera cambiado por Esto no es teatro, sino adoctrinamiento. Y de subtítulo, ahora que se llevan las etiquetas inacabables: No voy a hacerles pensar, voy a martillearles con la causa en la que creo y que arda el mundo, que se hundan los edificios y se derritan los polos si hace falta, porque yo de aquí no me voy sin airear mi bandera.

Pero el teatro es y debería ser otra cosa.

No hablo de estilos, tendencias ni lenguajes. No hablo de cánones, escuelas ni normas. El teatro puede abordarse desde mil perspectivas y todos los caminos conducen al hecho del actor frente al espectador. No, no hablo de maneras de hacer las cosas, adhesiones, enseñanzas o técnicas, ni de vanguardias frente a retaguardias, de heterodoxos frente a ortodoxos ni de apocalípticos frente a integrados.

“Al final, la directora inserta un pastiche, una soflama, un mitin que ni los del amado líder surcoreano, pero en el leit motiv de este 2017, el año de las mujeres”

Hablo de teatro frente a doctrina. El teatro es arte, y puede ser político: de una manera explícita o de una forma más sutil, en el sentido en que todo es política, pues afecta a la polis, a nuestra vida en conjunto. La casa de Bernarda Alba ya es, sin tocarle ni añadirle una coma, un poderoso manifiesto feminista y, en ese sentido, teatro social (ergo político). Pero el mensaje impuesto es política pura y dura: ha perdido su raíz teatral, la ha abandonado para convertirse en una herramienta. Hay un emisor, un vehículo transmisor y un receptor. No hay arte. No hay vida. Sólo mensaje.

El micrófono en mano es una lanza, un dardo, un cañonazo al enemigo o una sesión recordatoria al amigo. Y utilizo estos términos porque en su discurso final al público, tan agresivo y combativo hacia el género masculino, y tan desafiante y reivindicativo del cuerpo propio -no entiendo la fobia a la maternidad, que cada cual haga de su capa un sayo, ¿es que quieren que el mundo se acabe?- los responsables de esta pieza están inmersos en una lucha. Es lo que tienen las causas.

“El mensaje impuesto es política pura y dura: ha perdido su raíz teatral, la ha abandonado para convertirse en una herramienta. No hay arte. No hay vida. Sólo mensaje”

Por eso, porque mi problema con este espectáculo no es estilístico, vuelvo a mi introducción: la primera hora y media es un Lorca bello y novedoso. José Manuel Mora, adaptador, y Carlota Ferrer, logran el más difícil todavía: que nos emocione un reparto masculino casi en su totalidad, en un escenario geométrico, blanquísimo, arquitectónico, en el que los perros andaluces son figuras vigilantes que representan a las cinco hijas que se marchitan en vida encerradas en un luto absurdo y dominadas por una madre tiránica.

Sin duda hay muchas líneas en el texto, resaltadas por Mora, en las que es fácil encontrar otra lectura a la habitual denuncia folclórica de la España de costumbres. A Ferrer le interesa más hablar de por qué esas cinco hijas han de penar como mujeres, emparedadas entre celosías, que de lo absurdo de los antiguos duelos. Es legítimo y funciona con naturalidad. Su reparto, al menos en general, lo borda, con momentos de alto voltaje. Me quedo con los trabajos, sobresalientes, de Julia de Castro, la única actriz, amén de violinista, y de Igor Yebra, y no sólo en su hermoso solo de ballet sino también cuando se transforma en la abuela o personifica al ausente Pepe el Romano. Y, sobre todo, con el de Óscar de la Fuente.

Me recordaba la Poncia de Óscar de la Fuente algo que leí hace años sobre un japonés llamado Utaemon, perteneciente a una estirpe de onnagata, los actores que hacían solo papeles de mujer, de quien se decía que era capaz de cruzar el escenario de forma más femenina que cualquier actriz. No hay en la idea de Ferrer intención de replicar ninguna feminidad en sus actores, por fortuna. Pero cabría recuperar esa idea en lo fabuloso de su resultado: esta Poncia, de la tierra y con retranca, será difícil de olvidar y de superar, incluso por mujeres.

“La Poncia de Óscar de la Fuente me recordaba al ideal de los mejores onnagata japoneses. Una mujer de la tierra y con retranca. Será difícil de olvidar y de superar, incluso por mujeres”

Si en los últimos años es tendencia meter pequeñas coreografías de danza en cualquier obra de teatro, venga o no al caso, en esta “casa” metalorquiana la moda cobra sentido, porque Lorca gustaba de juegos y aventuras escénicas, porque hay momentos que lo piden por lo angustioso de su confrontación y su contexto, escenas que ganan en intesidad cuando se danzan en vez de hablarse, y porque si se tiene en el reparto a Guillermo Weickert y a Igor Yebra, la opción deja de ser un capricho arbitrario y se convierte en una escena poderosa y llena de sentido. El dúo entre Weickert y Julia de Castro tocando el violín, ambos moviéndose y encontrándose, resume con fuerza la claustrofobia de las cuatro paredes lorquianas, el universo que se sale por la garganta sin poder llegar a ser grito de las mujeres de la casa de Bernarda Alba, donde al final se imponen, ya saben, la tragedia y el “silencio, silencio he dicho, silencio”.

Otro motivo para llevarse las manos a la cara al final. Qué bien acabó Lorca su obra, que perfección de final, pidiendo, obligando al silencio a sus mujeres. Eso era el mensaje. Los diez minutos de speech final son y demuestran todo lo contrario: precisamente porque hoy ya no hay bernardas que impongan silencio, sobran.


Versión libre de: José Manuel Mora. Dirección: Carlota Ferrer. Coreografía: Carlota Ferrer & Cia. Reparto: Eusebio Poncela, Óscar de la Fuente, Igor Yebra, Jaime Lorente, David Luque, Julia de Castro, Guillermo Weickert, Arturo Parrilla, Diego Garrido. Escenografía: Carlota Ferrer y Miguel Delgado.Iluminación: David Picazo. Sonido: Sandra Vicente. Vestuario: Ana López Cobos.Teatros del Canal. Madrid.

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4 opiniones en “Esto no es una crítica feroz”

  1. “Silencio !!… No bajen el telón!!
    Las débiles espectadoras y machistas espectadores, con tanto baile a destiempo, seguro no han entendido la magnitud del mensaje feminista en la obra de Lorca.
    Que nadie se mueva, que yo se lo explico cual un ejemplar adoctrinamiento político se tratara y de paso demuestro mis maravillosas dotes escénicas e interpretativas (micrófono en mano), que seguro tampoco lo han sabido apreciar en el transcurso de la obra.”

    Durante la representación, pensaba en Poncela, Igor Yebra, Weickert….y en la difícil tarea de enfrentarse cada noche a ésto.

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