Sun Tzu en Business Class

"Muñeca de porcelana", de David Mamet, dirigida por Juan Calos Rubio
José Sacristán y Javier Godino, en la obra / Foto: Sergio Parra
MUÑECA DE PORCELANA

A David Mamet le gustan las historias de poder. Otros hablan de amor, de sentimientos, de esperanzas… Mamet prefiere hincarle el diente a esa líquida sustancia que nos rodea a diario, impulsada por el combustible del dinero, y que mueve el mundo, encumbra a líderes y tumba a gobiernos. Muñeca de porcelana, estrenada en 2015 en Broadway (China Doll), es un intenso tratado sobre el dinero, el poder, la política y su continuación por otros medios, que diría Clausewitz. En el fondo, aunque la obra sea un diálogo que transcurre casi en tiempo real en un despacho entre un empresario millonario y su asistente personal, los ecos de El arte de la guerra resuenan en cada palabra que el veterano Mick Ross le da al inexperto Carson. 

Para ello, Mamet se sube a un jet narrativo: Ross, magnate en el otoño de su vida encaprichado con una joven amante, ha planeado reunirse con ésta en una escapada romántica, para la que acaba de comprar un flamante avión privado. Pero, cuando arranca esta Muñeca de porcelana, algo ha salido mal: durante el vuelo de entrega ha sido obligado a aterrizar en suelo estadounidense -donde no debería estar- y, por un asunto de matrículas y aranceles, los viejos rivales del tiburón, que antes fueron sus compañeros de batallas, le buscarán las cosquillas de nuevo.

“Aunque la obra sea un diálogo que transcurre casi en tiempo real entre un empresario millonario y su asistente personal, los ecos de El arte de la guerra resuenan en cada palabra”

Como ocurría en Oleanna y en Glengarry Glen Ross -la estructura es habitual en el dramaturgo de Chicago-, el  equilibrio de fuerzas irá variando de una escena a otra, con giros y sorpresas. El tiburón puede convertirse en pez de golpe y ser devorado, y el pececillo crecer y defender su territorio.

La versión de Bernabé Rico es punzante, actual y cercana. No patina en ningún momento y hace creíble al millonario, al que acertadamente la dirección de Juan Carlos Rubio imagina impecable, vestido con trajes caros en un ordenado despacho -una excelente escenografía de Curt Allen Wilmer, muy realista pero con una reflexión conceptual sobre el poder y el dinero- en el que las paredes se abren dejando ver estanterías geométricas con colecciones de botellitas de whiskey y percheros con la misma camisa, el mismo traje, el mismo chaleco o la misma corbata, que Ross tira tras usar. Todo con los abominables espejos borgianos devolviéndole a Ross el eco de su rostro. Para el magnate, sólo existe la vistoria, el yo, y todo lo que le rodea es desechable una vez usado.

“La versión de Bernabé Rico es punzante, actual y cercana. Hace creíble al millonario, al que acertadamente la dirección de Juan Carlos Rubio imagina impecable”

Sun Tzu habla por la boca de Ross a cada momento. Ross es lo que los americanos llaman un King Maker. Su retórica salvaje es la de alguien que lo tiene todo y vive en un mundo distinto al del común de los mortales. La esfera de los grandes negocios y su influencia en la política es un campo de batalla en el que no hay amigos, solo aliados a tiempo parcial, y en el que, como dice en un momento dado Ross, conviene machacar con una fortaleza tal al enemigo que éste más adelante no se revuelva de nuevo: debe comprender que no ha sido humillado, sino que, sencillamente, su derrota era la única opción posible.

Muñeca de porcelana es en ese sentido un texto agudo y vibrante, un Mamet en plena forma repleto de líneas memorables que José Sacristán borda. Vi la función hace dos años en Matadero Madrid, y de entonces a ahora, el actor ha ido asumiendo la maldad, la fiereza de Ross, dejando a un lado sus lugares cómodos y muletillas. En vez de acomodarse, como les ocurre a veces a los intérpretes en las giras cuando el director ya no vigila, ha crecido y se ha apropiado con firmeza del texto. Su protagonista tiene un peso propio incuestionable. No tuve la oportunidad de viajar a Nueva York a ver a Al Pacino en este papel, ni es que suela uno hacer estas cosas, vamos, pero lo digo porque estoy seguro de que el Ross de Sacristán le da cien vueltas al de la cada vez más histriónica estrella americana.

“Sacristán ha ido asumiendo la maldad, la fiereza de Ross, dejando a un lado sus lugares cómodos y muletillas como actor. En vez de acomodarse, ha crecido”

A Javier Godino -¿recuerdan al asesino de El secreto de sus ojos?- le toca bailar con la más fea: Carson es un comparsa, dramáticamente hablando. La función está escrita por Mamet a la medida de un protagonista de peso. Pero en las réplicas, en las líneas escondidas y las inseguridades, hay que saber acompañar, y Godino acierta de pleno. Su trabajo es justo lo que tiene que ser, una de esas labores discretas y eficaces de principio a fin, y para nada sencillas, como pudiera pensarse.

La intensidad la aporta el millonario en cada escena. Su falta de ética, su amoralidad, su pragmatismo, nos hacen detestarle y a la vez admirar sus consejos, una guía para ganadores, siempre que no se tengan muchos escrúpulos. Sí, el texto de Mamet es uno de esos falsos thrillers construidos matemáticamente, con escuadra y cartabón, que tan bien se le dan…

Hasta que llega la escena final y el gran dramaturgo se carga a su propia criatura.

No debo desvelar. Sólo diré que hay precipitación y poco acierto en el cierre de esta historia de poder. Y esa torpe forma de cerrar el texto de Mamet tiene su reflejo escénico en un clímax dirigido con confusión. Este Pactar con el diablo con firma mametiana merecía un cierre mejor.


Autor: David Mamet. Versión: Bernabé Rico. Dirección: Juan Carlos Rubio. Reparto: José Sacristán, Javier Godino. Escenografía: Curt Allen Wilmer. Iluminación: José Manuel Guerra. Sonido: Mariano J. García López. Vestuario: Guadalupe Valero. Teatro Bellas Artes. Madrid.

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