Ser o no ser *

LOS FARSANTES

En el cartel de Los farsantes, el nuevo montaje de Pablo Remón en el CDN, un asterisco matiza el título de la obra. Pero no hay nota al pie. Se trata solo de un juego que adelanta al espectador más observador lo que va a encontrarse: una ficción que indaga en la existencia y en la verdad, en ese ser o no ser más cotidiano que trágico al que sus protagonistas, como tantos millones de seres, se enfrentan. Si esto suena intenso, no se asusten. Remón ha escrito y dirigido -si es que realmente la pieza es suya y no, como propone la ficción, un plagio a Violeta Casals, cofirmante- una comedia descarada, dinámica y que funciona a la perfección en el terreno del humor con cabeza.

Casi como si de un díptico se tratara, Los farsantes se hermana con El tratamiento: el autor regresa al mundo autoreferencial con el retrato de un guionista y director enfrentado a su proceso creativo. En este caso, el viaje es doble, ampliado en otro nivel narrativo a una segunda aventura personal, la de una actriz enfangada, hija de un cineasta de culto, que no acaba de encontrar su lugar en la vida. Y de eso habla Los farsantes: de qué personas somos o fingimos ser por lo que se espera de nosotros o por la inercia que la vida va imponiéndonos. Entre medias, el montaje arroja reflexiones divertidas sobre el plagio y el arte, y más de una disección memorable de las penurias del oficio del actor (en este caso actriz), con escenas para enmarcar sobre los premios, el mundo de las obras de teatro infantiles, la escena alternativa y el universo (distópico) de los culebrones televisivos.

Esta bella apología del libre albedrío encuentra su mayor fuerza en Bárbara Lennie, actriz de una intensidad a la que no puede escapar que se hace dueña del aire que se respira en escena

Esta bella apología del libre albedrío encuentra su mayor fuerza en su humor intelectual (hay que ser ingenioso crear humor a costa de Byung Chul-Han) y en la fuerza de Bárbara Lennie, actriz de una intensidad que sobrevuela por encima de ella y que, incluso en una comedia se hace dueña del aire que se respira en escena, de los sonidos y los silencios, y transforma las obras en algo diferente. Con su retrato de esa actriz en una crisis mayor -sin ella misma sospecharlo- que los problemas de casting que parece atraer como un imán, Lennie engrandece un texto que por momentos peca de naïf y que arroja a sus compañeros de reparto, Nuria Mencía y Francesco Carril, a las garras de ese esterotipo que es el “secundario” gracioso. Mencía, inmensa, abraza esa limitación y la mejora: es una actriz de raza y aprovecha escenas como la de la veterana en el rodaje para brillar. Carril, muy divertido en el tono y actor sólido curtido en el Clásico y otras batallas, está bien también pero deber vigilar su lenguaje corporal, en especial sus manos, que repiten ciertos ademanes casi como una firma. A su favor deja una creación para enmarcar: el productor de cine desesperado, uno de los momentos más divertidos, que el actor  borda.

En El tratamiento, Carril era el guionista y director que ve su proyecto más personal destrozado por las fauces de la industria del cine. Primo cercano de aquel es el personaje que interpreta en esta nueva obra Javier Cámara, otro actor de recursos casi ilimitados que parece tocar techo en las partes dramáticas de la función -porque sí, esta historia tiene algo de viaje existencial y eso implica dolor y pérdida- pero que en las escenas de humor deja claro de dónde viene. Así, si el arranque de la función nos sitúa en un punto elevado y de difícil alcance (un repaso onírico a los Goya), al llegar al cierre, con la escena de un improbable camarero y un encuentro en el que habrá catarsis y renacimiento, descubrimos que Cámara todavía se guardaba ases en la manga. 

Remón bebe de una escuela poderosa: el teatro de historias y narración contado en escenografías realistas de un grande como Lepage

Remón es dueño de una escritura narrativa y fina, estructurada con tiralíneas, en la que los niveles se superponen con eficacia y los códigos lingüisticos y diálogos funcionan: es un escritor de hoy, que retrata el dolor de los creadores de hoy, sus miedos y frustraciones. Pensaba, viendo Los farsantes, que esta es la película que Almodóvar habría hecho si siguiese siendo el Almodóvar de hace treinta años, sin la parte marginal y queer, claro. Quiero decir: esta forma de entender las fisuras del alma urbana es la que late en Dolor y gloria, pero en el filme, al margen de sus virtudes -que las tiene, el trabajazo de Antonio Banderas, la honestidad de lo contado-, el director manchego parece habitar a años luz de la vida real, de las cosas que les suceden a las personas que no son famosas. Y eso no le ocurre a Remón.

El director, además, bebe de una escuela poderosa: el teatro de historias y narración contado en escenografías realistas de un grande como Lepage. Ignoro si será uno de sus referentes, pero no dejaba de pensar en Lypsinch y otras historias del canadiense cuando veía a los intérpretes asomarse a estas “vidas cruzadas” con viaje en avión, hospital y sala de ensayos incluidas en la propuesta visual, una forma de entender la escena horizontal y vertical a la vez.

Pese a sus defectos, “Los farsantes” es un texto interesante con un montaje divertido a rabiar, personajes entrañables, interpretaciones sólidas y un puñado de escenas para el recuerdo

Pese a sus fortalezas, Los farsantes abusa del recurso de lo onírico -“es un sueño, aquí puede suceder cualquier cosa”, parece decirnos, y así es, pero esto, en términos dramáticos, es hacer trampas al solitario- y entrega una historia algo amable, algo pálida. Es paradójico: El tratamiento era más naïf, más amable si cabe, Remón ha añadido en esta ocasión una mirada y una profundidad nuevas. Sin embargo, aquel texto era, en conjunto, teatro más impactante que este.

Por otro lado, toda historia puede narrarse al revés: “Pese a sus defectos”, podría empezar el párrafo anterior, Los farsantes es un texto interesante con un montaje divertido a rabiar, una dirección creativa, personajes entrañables, interpretaciones sólidas y un puñado de escenas para el recuerdo.

Nota al margen (nada que ver con el asterisco del titular, que es puro guiño): los diez minutos de mensajes proyectados antes de arrancar la obra se hacen largos y si pretendían ser simpáticos no lo consiguen; más bien acaban resultando irritantes.


Texto: Pablo Remón (con la colaboración de Violeta Canals). Dirección: Pablo Remón. Intérpretes: Javier Cámara, Francesco Carril, Bárbara Lennie y Nuria Mencía. Escenografía: Monica Boromello. Vestuario: Ana López Cobos. Iluminación: David Picazo. Sonido: Sandra Vicente. Teatro Valle-Inclán (Sala Valle-Inclán). Madrid.

Foto: Luz Soria

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