De cine

"El tratamiento", de Pablo Remón
Los cinco protagonistas, en la obra / Foto: Vanessa Rábade
EL TRATAMIENTO

El arte del trailer suele consistir en hacer atractiva una película mala o mediocre. El problema es inverso: cuando una película es redonda, su trailer puede no hacerle justicia. Si El tratamiento, el nuevo texto de Pablo Remón -autor y director al alza en la escena española con montajes como 40 años de paz, La abducción y Barbados etc.–  fuese una película, su teaser no le haría justicia. Sería algo así: “Un guionista de cine inmerso en una crisis vital tiene la oportunidad soñada: llevar a la pantalla su guión. Pero, ¿le dejarán los estudios cumplir su sueño? ¿Podrá Martín con la vida o podrá la vida con él? ¿Entenderá que los mejores momentos siempre pasan? No se la pierdan. Próximamente en los mejores cines”.

Lo que ese tráiler no diría es que El tratamiento es una de las comedias mejor escritas y más divertidas que se han visto en Madrid en mucho tiempo, que tiene una producción y un reparto perfectos y que agarra al espectador cortándole el aliento con momentos de emoción que sobrepasan a los de carcajada. No, El tratamiento no es una película: es teatro. Y lo tiene todo. La única pega es que pueda verse tan poco tiempo en Madrid (sí, en los mejores teatros, uno de ellos al menos, el Pavón Kamikaze).

El texto de Remón es un viaje vital que arranca con una ficción y salta a una realidad. La vida de Martín, el guionista fracasado, divorciado y cuarentón que sueña con un momento de plenitud profesional, el que le proporcionará su guión sobre la guerra civil -el tratamiento es ese esbozo de guión que presenta a la productora y que le irán destrozando entre unos y otros-, se va construyendo con oratorios cruzados de varios actores, micrófono en mano, y escenificaciones a lo largo de diferentes escenas. Como hacía Gon Ramos en Yogur Piano, unos personajes hablan y describen la vida de otros, convertidos en maestros de ceremonias, demiurgos narrativos, en una interesante procesión de paredes rotas y cronologías en primera y tercera persona.

“El tratamiento es una de las comedias mejor escritas y más divertidas que se han visto en Madrid en mucho tiempo, tiene una producción y un reparto perfectos”

Remón se sirve de la mejor escuela de teatro textual y narrativo: es un teatro que le gustará a quienes disfruten con los montajes de Alfredo Sanzol, de las T de Teatre vistas hace poco en el mismo escenario, de La Tristura, con cuyo espectáculo Cine este texto comparte algunos temas, pero en otro tono, o, fuera de España, de Thomas Ostermeier y, por qué no, de Robert Lepage. Pero el de Remón es un lenguaje no sólo contemporáneo sino fresco y sin pretensiones, que se sirve del humor a lo grande. Los encuentros y desencuentros de Martín con sus alumnos en una escuela de guionistas, con un productor esquivo, con el director estrella que triunfa en Hollywood y con la actriz de éxito que interpretará el guión son tan hilarantes como reconocibles. En lo desquiciado de estos personajes se adivinan estereotipos reales.

Qué trabajo más fino el de los cinco intérpretes. Francesco Carril está intocable en la piel del protagonista. Parece que le hubieran hecho el traje a medida. Divertido, ofuscado, perdido, alucinando cuando la industria del cine transforma su película “seria” en una serie B deluxe… Su contrapunto es Bárbara Lennie, el personaje que tiene los pies en la tierra. Ella es el recuerdo pero también el presente, y cuando está junto a Carril aporta a la escena la tranquilidad y el equilibrio ideales. Aunque también la vemos desmelenada, en la piel de una diva del cine, y saca su lado paródico con brillantez.

“Qué trabajo más fino el de los cinco intérpretes. Francesco Carril está intocable en la piel del protagonista. Parece que le hubieran hecho el traje a medida. Divertido, ofuscado, perdido”

Pero en esta historia no hay peso específico de nadie, porque también Ana Alonso, Francisco Reyes y Emilio Tomé lidian con una galería de personajes que aportan sabor y humor. Los tres están redondos. Me quedo con el estudiante descerebrado de Tomé, y con el dúo de enormes papelazos que hace Reyes: el cineasta excéntrico absorbido por la dinámica de Hollywood -para los anales, el detalle del mensajero enano y en general sus dos o tres conversaciones marcianas con el guionista- y el chófer filósofo.

Es curioso: los guiños al cine y a la televisión son constantes en esta historia de guionistas, directores, tratamientos y McGuffins. De Titanic a V, de El laberinto del fauno a Herbie. Y, aún así, Remón ofrece puro teatro, construido con una escenografía e iluminación tan eficaces como teatrales y dirigido con espíritu escénico, sin ánimo de saltar barreras ni de caer en lo multidisciplinar.

El ritmo de este Tratamiento no sólo no decae, sino que el director lo administra con una mano mágica: sin sensiblería, cambia de escenas divertidas a otras que invitan a la reflexión y a la memoria. En el fondo, todo el montaje en sí es una gran  negación de la magdalena proustiana. La vida de Martín, con traumas de infancia y sueños incumplidos, no acaba de concretarse en felicidad. Siente que siempre le falta algo. El personaje de Chloe, su ex, ofrecerá las claves. Remón ha escrito una hermosa y divertida tesis sobre la necesidad de dejar atrás la angustia, de mirar adelante, porque la nostalgia por definición es un error y la vida pasa en un suspiro.


Autor y director: Pablo Remón. Escenografía: Mónica Boromello. Iluminación: David Benito. Intérpretes: Francesco Carril, Bárbara Lennie, Ana Alonso, Francisco Reyes, Emilio Tomé. Vestuario: Ana López.  El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid.

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