La muerte, el dolor y el arte

UN PAÍS DEL QUE NUNCA REGRESA NINGÚN VIAJERO / UNA COSTILLA SOBRE LA MESA: MADRE

Vienen a coincidir no solo en la cartelera, sino en la programación del Festival de Otoño, sendas propuestas de Álex Rigola y Angélica Liddell que comparten un tema delicado desde el punto de vista de la crítica: la muerte de un ser cercano. La primera pregunta que cabe hacerse es si, ante un acto, al menos supuestamente, de desnudo emocional, en el que un artista abre al público su dolor, con el agravante de la proximidad familiar y temporal, se puede escribir una crítica al uso. Tengo clara mi respuesta: no se debe.

Por tanto, no analizaré aquí Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajerodonde Álex Rigola presta el altavoz que supone tener un teatro a tu disposición como director a la memoria del fallecido catedrático de Economía Josep Pujol, con quien mantuvo varias conversaciones antes de morir este último. La propia hija del economista, Alba Pujol, da voz a estas conversaciones, acompañada de Pep Cruz, que ejerce de padre teatral.

Tampoco entraré en análisis escénicos, estilísticos o artísticos a cuenta del díptico Una costilla sobre la mesa. Madre y Una costilla sobre la mesa: Padre Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel (o el problema de la semejanza), dos obras de la dramaturga y directora Angélica Liddell, quien perdió a sus padres en el espacio de unos pocos meses en 2018. En concreto, de la segunda no podría: ambas estaban programadas para ser vistas en Madrid, pero finalmente tuvo que ser cancelada, con lo cual nos quedamos con solo la mitad de la propuesta de Liddell, la que dedica a su madre.

Los montajes de Rigola y Liddell comparten poco, por no decir nada. El primero es casi un oratorio documental a dos voces, una especie de conversación abierta y biográfica

Aparte de tratar sobre la muerte de una persona cercana y de tener larguísimos títulos ambas, los montajes de Rigola y Liddell comparten poco, por no decir nada. El primero es casi un oratorio documental a dos voces, una especie de conversación abierta y biográfica que permite asomarse a la figura del fallecido a través de sus propias palabras, recogidas en sus últimos meses de vida, cuando se enfrentaba a un cáncer terminal.

Josep Pujol, a través de la boca de Pep Cruz, charla en escena con su hija, Alba Pujol, y Rigola ejerce de maestro de ceremonias ausente, aportando frases, grabaciones, fotos y reflexiones en una pantalla por la que desfilan frases de Lacan, Shakespeare, Gil de Biedma y Peter Handke y donde se cuela hasta una escena de El Gran Lebowsky. Casi lo único que tiene de teatral la propuesta es ver a Alba Pujol enfundada en un traje de esqueleto y el juego asumido de que un actor dé voz a un fallecido. Por lo demás, podríamos estar ante una semblanza escrita a cuatro manos o una sesión familiar de cierta profundidad, pues el pensamiento del catedrático aborda sin miedo todas las preguntas que su hija y Rigola le propusieron en aquellas charlas: la muerte, el entierro que habrá de llegar con sus detalles mundanos, la sociedad, la economía, la historia, la familia, la paternidad, el individualismo, el bien común…

"Una costilla sobre la mesa. Madre", de Angélica Liddell
Angélica Liddell, en su nievo montaje / Foto: Susana Pavía

 

La propuesta de Liddell, por contra, es una diatriba personal y poética, en la línea de su producción habitual, con la propia artista en escena, protagonizando monólogos aquí y allá, sobre todo uno largo al comienzo, y llevando a cabo junto a otros intergrantes del montaje diferentes acciones escénicas. Liddell invita a bordo de su particular nave funeraria al cantaor Niño de Elche y al bailarín Ichiro Sugae. Con ellos, unos cuantos jóvenes actores y actrices más, incluida una niña. La autora sigue los pasos escénicos de sus últimos montajes, aunque en algún momento, sobre todo en el largo monólogo del arranque de la obra, parece aproximarse a la intimidad de otras épocas, pienso en El matrimonio Palavrakis. También aquí se deslizan, como entonces, reflexiones heridas sobre la maternidad.

El montaje de Liddell, al contrario que el de Rigola, no trata de situar al recordado en un pedestal. Parece más bien que la artista quisiera saldar cuentas con su madre, y deja intuir una relación complicada entre ambas. No se puede matar a una madre muerta, llega a decir. Nunca se sabe, en el territorio de los arrebatos poéticos de la escritora, directora y actriz-performer, cuánto hay de mensaje real y cuánto de creación. No puedo aquí asegurar que Liddell, la persona, no el personaje, odiara o amara a su madre, ni siquiera que ambas cosas sean ciertas. Pero, si nos ceñimos a lo que se expresa en escena, hay sin duda una pérdida terrible pero también sentimientos contradictorios. Sentimientos que, solo desde la valentía y la honestidad irreprochable, alguien puede llegar a expresar. Hay que ser muy honesto con uno mismo para gritarle a una madre muerta que se la odia por no poder evitar quererla en su muerte. Y hacerlo, como lo hace Liddell, entre lágrimas.

¿Para quién y con qué objeto se escribe o se crea una obra artística sobre alguien que ya no está? ¿Queremos que no se olvide el paso de esa persona por el mundo? ¿Necesitamos dar a conocer nuestro dolor?

Insisto, no quiero en estas líneas juzgar ninguno de los dos montajes: en esta ocasión prefiero limitarme a describirlos.

Pero sí me gustaría dejar una reflexión, en general, sobre el arte frente a la muerte de un ser querido. Una idea que -según mi criterio- es válida en general para casi cualquier temática, pero que en este terreno minado parece de obligada observación. Que escribir, rodar, dirigir o pintar sobre la persona perdida es legítimo me parece algo que admite poca discusión.

Cómo hacerlo es donde se puede debatir. ¿Para quién y con qué objeto se escribe o se crea un espectáculo, una obra artística, sobre alguien que ya no está? ¿Queremos que no se olvide el paso de esa persona por el mundo? ¿Necesitamos dar a conocer nuestro dolor? ¿Se trata de rendir homenaje a la persona, a su obra en algunos casos, a lo que ha representado en la vida del artista? Hay varios motivos y a menudo se entremezclan. Casi todos pueden ser válidos, pero si el principal acaba teniendo más respuesta en uno mismo que en la tercera persona, si la creación acaba convertida en otro vehículo para reafirmarse o brillar como artista, se corre el riesgo de perder esa legitimidad.

Se podría hablar de la ‘autenticidad percibida’.A todo artista que escribe o estrena sobre un ser querido se le suponen  sentimientos auténticos. Pero no basta con eso: deben ser percibidos como tal

Por supuesto, un creador no tiene por qué abandonar su estilo. A menudo ni siquiera queriendo sabría hacerlo. Y, de poder, sería en muchos casos traicionarse; dejémoslo en que no debe hacerlo. Pero dentro de esa órbita por la que todo artista se mueve, hay diferentes formas de situar el protagonismo en la persona a la que se dice adiós. Situarse por encima de ella hace perder credibilidad al mensaje. El ego y el dolor son malos compañeros de camino.

Es difícil de definir, pero se podría hablar de la “autenticidad percibida”. A todo artista que escribe o estrena sobre un ser querido se le suponen  sentimientos auténticos. Pero no basta con eso: deben ser percibidos como tal, no como una exhibición de talento o una excusa. En este sentido, me gustan ejemplos como la descomunal, sobria y seca, pero bella película Mia madre, de Nanni Moretti. Solo cuando el artista logra “desaparecer”, no física, pero sí como protagonista, se percibe su mensaje como dolor genuino. Moretti, por ejemplo, actúa en aquell película, pero él, que acostumbra a ser el protagonista absoluto de sus filmes, se reservó en Mia madre un papel secundario. La historia debía importar, fluir, dejar huella, sin él o pese a él.

Solo así -vuelvo a la idea de la autenticidad percibida-, apartando al yo de la creación, esta llegará a su público con su fuerza intacta y la imagen transmitida inmaculada y libre de sospechas. El ego y el dolor son malos compañeros de camino.


Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero. Autor: Àlex Rigola, a partir de conversaciones entre Àlex Rigola y Josep Pujol. Dirección: Àlex Rigola. Escenografía: Max Glaenzel. Intérpretes: Alba Pujol, Pep Cruz. Teatro de La Abadía. Madrid.

Una costilla sobre la mesa. Madre. Autora: Angélica Liddell. Dirección: Angélica Liddell. Intérpretes: Angélica Liddell, Sindo Puche, Niño de Elche (cantaor), Ichiro Sugae (baile)… Escenografía: Angélica Liddell. Iluminación: Jean Huleu. Vestuario: Angélica Liddell. Teatros del Canal. Madrid.

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