Natascha contra el Joker

Andrea de San Juan y Nacho Sánchez, en la obra /Foto de Luz Soria
LA TRISTEZA DE LOS OGROS

Juega el dramaturgo y director belga Fabrice Murgia en La tristeza de los ogros con una iconografía generacional en la que -ya al final- se incluye al Joker de Batman (el de Heath Ledger, tan perturbador). Es una imagen inquietante, como algunas más de este montaje que nos habla del horror con mayúsculas: las infancias truncadas, las adolescencias convertidas en pesadilla. Y elige dos casos para ello, tan dispares que un primer reparo a la idea de Murgia es conceptual: las juventudes rotas que reúne el montaje son dos caras de una misma moneda, la del horror, pero que se resisten a un tratamiento unitario: o se apuesta a cara o a cruz.

Más que el Joker, uno piensa en Harvey Dent -¿recuerdan al fiscal de los comics cuyo rostro quedó destrozado a la mitad?-. El mal que quiere mostrar Murgia tiene dos caras, pero son criaturas irreconciliables. Dos problemáticas trazadas sobre rectas paralelas, sin intersección posibe.

Poco o nada tiene que ver la desgracia de una chica secuestrada durante años en un sótano (Murgia toma como referencia a Natascha Kampusch, que pasó desde los 10 años hasta los 18 retenida por un monstruo en Viena) con la tragedia social generada cuando un joven inadaptado decide acabar a tiros con medio instituto (Columbine es lo primero que a todos nos viene a la cabeza, pero en el programa de mano citan como inspiración el caso de Bastian Bosse, que en 2006 sembró el terror en una escuela de Ensdetten, Alemania). Es chocante por tanto la forma de ligar ambas.

“Poco o nada tiene que ver la desgracia de una chica secuestrada durante años en un sótano con la tragedia social generada cuando un joven inadaptado decide acabar a tiros con medio instituto”

Cierto: ambas son pesadillas de la infancia/adolescencia y pocos temas son más acuciantes en nuestra sociedad que los espejos deformantes, los bosques de lobos y los callejones sin salida a los que se enfrenta nuestra prole, quizá más peligrosos e incontrolables que en otras épocas debido a la sociedad de la información y al río de las nuevas tecnologías. Pero mezclar y equiparar ambas en una misma categoría escénica resulta perturbador. Reconozco que me produce rechazo: me cuesta sentir la misma empatía por la víctima absoluta -la niña secuestrada y sometida a abusos inhumanos durante años- que por la ‘víctima’ de la sociedad convertida en verdugo, por más que haya razones que explorar y analizar detrás.

El montaje no juega además claramente sus cartas, desde el momento en que sabemos como espectadores lo que la propia niña no sabe -y que no sé bien qué aporta-: en realidad no está secuestrada, sino en coma, y todo sucede en su mente. Más horror, pero más confusión también en el mensaje.

Murgia y Borja Ortiz de Gondra, que firma la adaptación española, aciertan en la fuerza por momentos de un texto que toca las vísceras de la juventud y que crece cada vez que habla el personaje de una niña tétrica, muerta en vida, a la que encarna con una mezcla de incómoda maldad y candidez pervertida Andrea de San Juan. Este juguete escénico que es el personaje en sí, tan cercano a las criaturas del Tríptico de la Aflicción de Angélica Liddell, ejerce de maestra de ceremonias y presencia constante en primer plano, mientras al fondo, encerrados en sendos espacios cúbicos, tras cristales, vemos a los jóvenes de la historia.

La niña pérfida repite y completa sus frases, como un diablo que todo lo viera. Es el hallazgo más potente de un montaje que por lo demás no logra crecer en lo dramático, con cierta tendencia a la planicie. El paso al “lado oscuro” -más referencias generacionales, episodio III de Star Wars incluido- del hikikomori belga se ve venir desde el comienzo y sus razones, su odio, no se sabe bien de dónde surgen.

Nacho Sánchez interpreta al extraviado adolescente con intensidad, transformación iracunda mediante, haciendo de él una máscara interesante. Otro tanto logra Olivia Delcan con la pobre chica que vive encerrada en un universo inexistente de cassettes de John Lenon y diarios grabados.

En el terreno intermedio entre la experimentación -la poderosa escena de repetición con Andrea de San Juan, mientras arranca el montaje, en la que la niña muerta reinterpreta los cuentos clásicos- y el teatro convencional de oratorio, en este caso frente a la cámara -eso, sí, proyectada sobre la pared, como mandan los cánones de lo contemporáneo-, la propuesta de Murgia se diluye. La tristeza queda clara. Los ogros, se intuyen. El teatro más rompedor se queda en un par de ideas al comienzo.


Texto y dramaturgia: Fabrice Murgia. Adaptación: Borja Ortiz de Gondra. Reparto: Nacho Sánchez, Olivia Delcan, Andrea de San Juan. Teatros del Canal. Madrid.

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