El huracán de Animalario

URTAIN

Probablemente, el momento más triste de Toro salvaje sea la visión de un Jake La Motta decadente ensayando chistes frente al espejo. He aquí, en este Urtain de la compañía Animalario, otra historia magnífica de ídolos de barro de la que también conocemos el final: Urtain, el ex campeón de los pesos pesados de Europa, el que fuera el deportista más popular del país, el que se fotografió con Franco y soñó un día con tumbar a Cassius Clay, ha muerto. Es 1992, España mira a Barcelona y José Manuel Ibar, Urtain, de quien nadie se acordaba, ha saltado desde un edificio.

Animalario rescata aquella necrológica para entender. No es fácil, hay que saber qué se busca, de entrada. Juan Cavestany y Andrés Lima, autor y director respectivamente de este viaje hacia atrás en el tiempo hasta la esencia de un hombre, lo tenían claro. El resultado es un espectáculo superlativo, de lo mejor de Animalario. La compañía pule sus excesos habituales pero mantiene todo el teatro que lleva en las venas para, en un cuadrilátero como escenario, y en escenas que son una cuenta atrás de asaltos, ofrecer un espectáculo sin trampa ni cartón, aunque con toda suerte de golpes: el empleo de la luz, la música, la repetición martilleante de textos, la ruptura de los espacios para que sus actores tomen como guerrilleros las gradas…

Juan Cavestany y Andrés Lima, autor y director de este viaje hacia la esencia de un hombre, lo tenían claro. El resultado es un espectáculo superlativo, de lo mejor de Animalario

Por la obra desfilan personajes como Adolfo Suárez y Pedro Carrasco, y de fondo, como símbolo de aquellas décadas, los 60, 70 y 80, la música de Raphael y los chistes de Eugenio. ¿Una España en blanco y negro? Por una vez, a Animalario le interesa más el hombre que la política: el retrato les sirve para llegar al documental de forma sutil y más sabia que en sátiras como Alejandro y Ana… o que en ambiciosos espectáculos como su Marat-Sade.

La obra no practica la hagiografía y se agradece: Lima y compañía hablan de la sombra del tongo que persiguió al púgil, de cómo se aferró al alcohol y de su penoso ocaso, convertido en atracción de feria. Quizá falte admiración, pero no cariño. El Morrosko de Cestona fue víctima del ser humano, un género que abunda en oportunistas. Quizá este huracán nunca “hubiera podido ser el campeón del mundo”, como cantó Dylan en Hurricane, pero también a él le robaron la vida.

Sería injusto olvidar el otro elemento que hace de Urtain un gran montaje: sus protagonistas. Y en especial, Roberto Álamo, mimético, sudoroso, sufriente, orgulloso, terco…

Sería injusto olvidar el otro elemento que hace de Urtain un gran montaje: sus protagonistas. Y en especial, Roberto Álamo, mimético, sudoroso, sufriente, orgulloso, terco, un trasunto de carne y sangre del levantador de piedras que fue feliz hasta que el boxeo se cruzó en su camino. No sé si Urtain era España, como interpreta Lima en sus notas, pero sí tengo claro que Álamo es Urtain cuando se sube al escenario.

Junto a él, un esfuerzo colectivo de altura y algunas intervenciones con brillo propio: Luis Bermejo, de variado repertorio, Alfonso Lara, estupendo en su “manager”, María Morales, dolida esposa… Urtain es un hermoso réquiem para Urtain. Quizá ahora, aireados sus demonios, su memoria quede en paz.


Autor: Juan Cavestany. Director: Andrés Lima. Intérpretes: Roberto Álamo, Raúl Arévalo, Luis Bermejo, Luis Callejo, Alfonso Lara (o Alberto San Juan), María Morales, Estefanía de los Santos, Luz Valdenebro. Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan. Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva). Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Septiembre 2008).

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