Un pequeño paso para Ron Lalá

VILLA Y MARTE

Marte es al siglo XXI lo que la Luna fue al XX: el gran objeto de deseo de científicos y agencias espaciales. Ridley Scott imagina Robinsones varados en el planeta vecino, la NASA y China plantan Rovers en su superficie y Elon Musk tuitea que dentro de pocos años alguien dará otro gran paso para la Humanidad. Hagan sus apuestas. Pero no antes de ver Villa y Marte, la nueva locura de Ron Lalá. Vayan advertidos: Burroughs y Bradbury se equivocaron: Marte se parece una barbaridad al Madrid de Chapí, Fernández Shaw, Barbieri, Chueca y Vives

Eso es lo que proponen los ronlaleros, en la línea explorada por Sanzol en aquel En la luna, en este nuevo musical cómico y cósmico: un astronauta madrileño a la deriva forzado a “amartizar” junto a su androide asistente se topa con Martit, ciudad o país marciano habitado por lavanderas que bajan al río, organilleros con pico de oro a los que las tabernas ya no fían y policías de porra fácil, todos más chulos que un ocho. Y todos con algún brazo, ojo o pierna de más. Es lo que tienen los marcianos.

Juguete cómico a más no poder, da la sensación de que el combo madrileño ha decidido dejar atrás la trascendencia de Crimen y telón para lanzarse a un sinsentido lúdico y gamberro

Juguete cómico a más no poder, da la sensación de que el combo madrileño ha decidido dejar atrás la trascendencia de CervantinaSiglo de Oro, Siglo de ahora (folía) o Crimen y telón, montajes de intención y mensaje, para lanzarse a un sinsentido lúdico y gamberro. Nada que no hicieran en sus comienzos allá por los dos mil, en aquellas noches golfas del Alfil en las que insertaban gorriones en limones, hablaban en palíndromos y el público nada esperaba de ellos salvo echarse unas risas cubata en mano. Luego llegó la fama, les nació clá, empezaron los encargos y las colaboraciones con la CNTC, el teatro en verso… Ganaron en profundidad y en armazón. En alguna ocasión perdieron en frescura, pero siguieron creciendo. Quizá necesitados de divertirse sin más, en Villa y Marte firman su montaje más naïf desde hace tiempo. Funciona con exactitud y eficacia: el público ríe con su retrato cargado de autocrítica de “lo madrileño”, que ya desde el mensaje de bienvenida al público exprime todos los tópicos: la chulería, el chotis, los requiebros, el Real Madrid, la capitalidad, el ombliguismo…

Quien nada espere de Villa y Marte salvo pasar un buen rato, gozará con un montaje que reúne la demostrada facilidad de Ron Lalá para hilar géneros -aquí romanzas, sainetes, canciones populares y guiños paródicos al musical de Broadway- y con un texto en verso, firmado por Álvaro Tato, en espléndida madurez creativa y literaria, que juega del vocablo con un birlibirloque del Madrid más castizo. Cada frase, cada adjetivo, cada sustantivo, está “marcianizado” y encuentra en los octosílabos de Tato un fraseo ágil que la compañía convierte en diálogos zumbones y efectivos.

Solo al final se permiten lanzar una proclama, de la que me declaro abajofirmante: cuidemos nuestro folclore y nuestra tradición musical, con la zarzuela como buque insignia

Y qué compañía: cinco actores y músicos, conviene recordarlo, que asumen el juego cómico en un recital de papeles gansos. Sin prejuicios, como niños, los veteranos Daniel Rovalher, Miguel Magdalena y Juan Cañas, y los estupendos fichajes de los últimos años, Fran García y Diego Morales -que sigan mucho tiempo, la compañía ha encontrado la horma de su zapato en ellos- se dedican a un café teatro enmascarado en los oropeles de una producción más cuidada que aquellas de entonces, pero armada en una historia con nudo y desenlace. Solo al final se permiten lanzar una proclama, de la que me declaro abajofirmante: cuidemos nuestro folclore y nuestra tradición musical, con la zarzuela como buque insignia, tan ricos y más amenazados que el lince ibérico.

El cohete a las rojas arenas de Marte de Yayo Cáceres, Álvaro Tato y el quinteto de actores es un vehículo cómico mucho más recomendable que otras misiones de nuestra cartelera teatral

Curiosamente, esta marcianada tiene su punto débil en lo musical. No todos los números enganchan y la compañía, en su parodia del musical anglosajón, inserta varios números de este tipo, en vez de explotar más el repertorio zarzuelístico. Se disfruta sin reservas el medley sentimental (Madrid, Madrid, Madrid, Por la Puerta de Alcalá…) que hilvanan para regocijo del respetable, pero le sacan menos juego a este tipo de momentos del que podrían.

Villa y Marte es un pequeño paso en la historia de Ron Lalá. Sin irnos muy lejos, su retrato del cómico Juan Rana, aún en plena gira, es más redondo como montaje, sustancial en su mirada al Siglo de Oro y pegadizo en lo musical. Pero ya saben que a veces los pequeños pasos son grandes de otra forma. El cohete a las rojas arenas de Marte del director Yayo Cáceres, el dramaturgo Tato y el quinteto de actores es un vehículo cómico mucho más recomendable que otras misiones de nuestra cartelera teatral sin aparente vida inteligente a bordo que pretenden ser comprometidas, transformadoras o conmovedoras y resultan soporíferamente terrestres. Anímense: visiten Marte.


Creación colectiva: Ron Lalá. Texto: Álvaro Tato. Dirección: Yayo Cáceres. Dirección musical: Miguel Magdalena. Intérpretes: Juan Cañas, Fran García, Miguel Magdalena, Diego Morales, Daniel Rovalher. Composición y arreglos: Yayo Cáceres, Juan Cañas, Miguel Magdalena, Daniel Rovalher. Escenografía: Tatiana de Sarabia y Ron Lalá. Vestuario: Tatiana de Sarabia. Diseño espacial: Claudio Tolcachir. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Sonido: Eduardo Gandulfo.  Teatros del Canal (Sala Roja). Madrid.

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