Búfalas de Tetuán

Una vida americana
Luengo, Marcos e Isla, en la obra/Foto: Javier Naval
UNA VIDA AMERICANA

Hay obras que se resisten a la clasificación. A veces -aunque no siempre ocurra- éstas son más interesantes y enriquecededoras que las que se ajustan a etiquetas. Podríamos tratar de situarnos diciendo que Una vida americana remite al David Mamet de sus comienzos, y que sus protagonistas son losers como los de El búfalo americano, pero en versión Tetuán, en femenino y con más humor. Y aún seguiríamos lejos de la riqueza de capas e historias que encierra este texto de Lucía Carballal.

Una vida americana es una historia de familia, raíces y búsqueda de la felicidad que, sin tomarse muy en serio la vida, se zambulle en ella de lleno y que tiene algo de road movie sin road ni movie, algo de comedia costumbrista, algo de teatro social y algo de drama familiar. Piensen en el Sam Sephard de los años 80 y se irán acercando al espíritu de este texto. Quizá también, a la vez, recuerda a momentos en la carrera de José Ramón Fernández (en concreto, la necesidad de huida de Nina).

Carballal elige un argumento que a priori suena extravagante: una mujer española y sus dos hijas, ambas entradas ya en la veintena, han viajado hasta un parque natural en el corazón de Minnesota para reencontrarse con el padre de las chicas.

Una de las hijas, Linda, sueña con el encuentro: lo necesita para dar sentido a su existencia. Siente un vacío que ni siquiera su novio, un madrileño de raíces judías que las ha acompañado hasta allí, logra llenar. Vive enamorada del sueño americano y la tierra prometida, entregada a un carnaval de símbolos y estéticas. La otra, Robin Rose, es una transgénero (o transgénere, qué lío… en la obra hay mucho cachondeo a cuento del idioma inclusivo, y pese a ello, también un profundo respeto por la cuestión de fondo). Robin Rose enarbola dos banderas a lo largo de la obra: una, que su familia acepte su identidad sexual; la otra, salir de allí cuanto antes. Cree que nada se le ha perdido en los USA y no tiene el menor interés en ver de nuevo al tipo que hace años las abandonó… todo según el relato de la madre.

“Carballal elige un argumento que a priori suena extravagante: una española y sus dos hijas viajan hasta un parque natural en Minnesota para reencontrarse con el padre de las chicas”

Ya ven: búfalas americanas, como las de Mamet, en versión Tetuán, cuestiones de género, postadolescencias mal resueltas y un novio sin kipá pero con Sabbath. Veremos catarsis -cómo no-, pero más cómica que trágica. La batidora de Carballal se revela una Thermomix asombrosa capaz de facturar un plato sabroso y mediterráneo con la materia prima del país de los nuggets. Poco a poco se generan y crecen los conflictos, y los diálogos fluyen con claridad y nos acercan a esta atípica familia, a sus sinsentidos y contradicciones, a sus necesidades.

Mientras tanto, Mecano se erige como tótem del Viejo Continente, frente a la tierra de esperanzas y promesas, que diría Bruce Springsteen. O el pasado frente al futuro. De fondo, un retrato en trazos rápidos de España y de América, con su 4 de Julio y su Star Spangled Banner.

Pero lejos de caer en la crítica simple y ramplona, de hacer política o sociología de parvulario con los conocidos fallos del sistema americano, o de ensalzarlo como ejemplo, Carballal y el director del montaje, Víctor Sánchez Rodríguez, parecen interesados, y se agradece, en el vacío, el lugar y el momento como cruce de caminos (vitales). Los personajes son Vladimiros y Estragones esperando a un Godot que al final podríamos leer como el padre -primera capa- o como sus propias vidas -una segunda lectura-, que no aciertan a encontrar. Es una estructura interesante enmascarada bajo lo trivial de unos diálogos ágiles empapados de vida de barrio y de choque entre madre e hijas.

El cuarteto protagonista defiende con solidez esta tragicomedia extraña. Esther Isla ahonda en la melancolía y la desubicación de Linda, la más mística y errática del trío femenino, mientras Cristina Marcos compone una mamma racial en versión madrileña con carácter y mucho vivido. Me gustó especialmente el trabajo de Vicky Luengo como Robin Rose, una de esas transformaciones imbuidas de credibilidad y fuerza, con mucha tarea detrás en entonación, acento, formas y gestos. Un papelón.

“Vicky Luengo, como Robin Rose, logra una de esas transformaciones imbuidas de credibilidad y fuerza, con mucha tarea detrás en entonación, acento, formas y gestos”

Junto al trío femenino, César Camino tiene un cometido algo menor en minutos y frases, pero de gran presencia, y lo aprovecha para sacar a relucir un par de momentos dramáticos de intensidad -sobre todo en la cena del Sabbath- en los que vemos lo mejor de él. Le falta terminar de desprenderse del aura cómica en otros, ese ADN o herencia de quienes proceden del humor y lo hacen bien, como él, pero se niegan a abandonarlo del todo (o no logran hacerlo) cuando toca ponerse serios.

Los abetos, además de objetos sexuales (quienes vieron el maratoniano Mount Olympus de Jan Fabre saben de qué hablo), son árboles pertenecientes a las coníferas abundantes en los bosques de Norteamérica. Alessio Meloni propone una escenografía con poca imaginación pero efectiva: una autocaravana encaramada en altura y, por debajo, el bosque… De árbol a árbol, los personajes despliegan banderines, hamacas, luces. La escenografía parece celebrar a la vez los excesos del ideal americano y la riqueza de los grandes paisajes de EE UU, esa contradicción, hogar de los valientes como reza su himno. En este caso, tres bravas mujeres llegadas de Madrid.

En la Era Trump, la del “América first” y el muro anunciado, este texto de familia extranjera en tierra extraña cobra además una profundidad política añadida.

“Me fue fácil aceptar a la familia disfuncional y viajera del relato e imaginarme a mí mismo ante el conflicto de hacerme a la carretera y enfrentar la utopía con la realidad”

Reconozco que me fue fácil aceptar a la familia disfuncional y viajera del relato e imaginarme a mí mismo ante el conflicto de hacerme a la carretera y confrontar la utopía con la realidad, como les sucede a Linda y a Robin Rose. Supongo que eso es parte de lo que hace a una obra convincente. O, por mojarme más, para que no digan luego, lo que define al buen teatro.

Dios (o quien sea que nos observa, si es que hay alguien) salve a América. Y a España. Y a Tetuán. Y ya de paso que le dé a Carballal inspiración para nuevas obras, que esperaré con interés.


Texto: Lucía Carballal. Dramaturgia y dirección: Víctor Sánchez Rodríguez. Reparto: Cristina Marcos, Vicky Luengo, Esther Isla, César Camino. Escenografía: Alessio Meloni. Iluminación: Luis Perdiguero (AAI-DiiVANT). Vestuario: Guadalupe Valero. Teatro Galileo. Madrid.

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