Estado de shock

SHOCK (EL CÓNDOR Y EL PUMA)

En ocasiones la crueldad se hace necesaria. Hablo del teatro, claro, no de la vida real, donde el sadismo y el mal son injustificables. Hablo de mostrarle al espectador los detalles terribles. Hablo de hacerle entrar en estado de shock. ¿De qué otra manera abordar, si no, los hechos infames del Plan Cóndor, las detenciones, las torturas, los desparecidos? Mucho de esto, crueldad y zarandeo del espectador, hay en Shock (El cóndor y el puma), el documento vibrante y redondo que firman con el sello Animalario, aunque sin ser una producción de esta compañía, varios de sus habituales. Pero también hay en escena teatro, juego, humor y vida. Teatro grande, ambicioso y memorable.

Shock (El cóndor y el puma) es teatro documental con todas sus letras: Albert Boronat, Juan Mayorga y Juan Cavestany han investigado y trabajado profusamente para llevar a escena una visión teatral pero a la vez documental de los golpes de estado que sacudieron en los años 60 y 70 los países del cono sur de Suramérica: Chile y Argentina son sus ejes narrativos, aunque se mencionan también hechos de Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil… Con esta pasta real, Boronat y Andrés Lima fabrican una dramaturgia cargada de intención, rápida y precisa. Y el propio Lima lo lleva a escena con un montaje que es impacto, sacudida, torbellino y grito reprimido. Una obra en la que asistimos a los golpes de Pinochet y Videla, pero también a la urdimbre norteamericana, en el despacho de Nixon, con Kissinger como demiurgo en la sombra, nos asomamos a las cloacas de la CIA, donde se perfeccionaron las técnicas de tortura mediante sacudidas eléctricas, y vibramos con la final del mundial de fútbol de 1978, en el que la dictadura argentina blanqueó su imagen ante el mundo.

Boronat y Andrés Lima fabrican una dramaturgia cargada de intención, rápida y precisa. Y Lima lo lleva a escena con un montaje que es impacto, sacudida, torbellino y grito reprimido

El viaje histórico que proponen Boronat, Cavestany, Lima, Mayorga y su troupe de magníficos actores es un recorrido de vergüenza e indignación, y a la vez lo es de sorpresa teatral y disfrute. Porque Lima, que sabe manejar tiempos y agarrar al espectador por el cuello de las emociones como nadie, deja su tiempo a un Salvador Allende, un hombre abandonado en el Palacio de la Moneda aquel 11-S de 1973, un estadista al que solo le queda un teléfono y cierta dignidad, solo antes los tanques, las metralletas y los aviones de los golpistas (magnífico, enorme Ramón Barea en este papel en concreto, aunque lo está en general en todos los que hace en esta obra).

También deja su tiempo Lima al siniestro Videla, encarnado con fiereza y perfección por un Ernesto Alterio en estado de gracia. Un generalote terrorífico y soberbio, el de Alterio.

También deja su tiempo Lima al siniestro Videla, encarnado con fiereza y perfección por un Ernesto Alterio en estado de gracia (nunca me gustó tanto Alterio como en esta obra), arengando al estadio en el que la Argentina de Kempes metía goles que eran avales para un gobierno manchado de sangre. Un generalote terrorífico y soberbio, el de Alterio, definido por su retórica autoritaria, que los autores han recuperado con acierto. Lima sabe que son esos momentos de soledad los que a veces impactan, de la misma manera que lo hace la algarabía de montar en escena un partido de fútbol o una escena surrealista (pero real, al menos en parte) con el encuentro años después en Londres entre Pinochet y Margaret Thatcher (espectacular el trabajo de María Morales como la Dama de Hierro, así como el de Natalia Hernández y Barea, de nuevo).


Autores: Albert Boronat, Juan Cavestany, Juan Mayorga. Dramaturgia: Albert Boronat, Andrés Lima. Director: Andrés Lima. Intérpretes: Ernesto Alterio, Ramón Barea, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa, Juan Vinuesa. Iluminación: Pedro Yagüe. Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan. Espacio sonoro y música: Jaume Manresa. Caracterización: Cécile Kretschmar. Videocreación: Miguel Àngel Raió. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

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