Listas abiertas, el resto es ruido

Hace tiempo que escucho un mantra repetido desde los extremos, tanto a izquierda como a derecha: España no es una democracia real. Yo daré un paso más: es imposible que pueda serlo. Pero no por los motivos que escucho, sesgados y barriendo para casa unos y otros: el control del Poder Judicial, que todos quieren “democratizar” poniendo a los suyos, la libertad de expresión , o sea libertad para insultar libremente pero acallar al de enfrente, el uso partidista de los medios de comunicación públicos… El “y tú más” de toda la vida.

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The Verificator

Pongamos que una capa. Pongamos que unas mallas ajustadas y unos botines. Pongamos que unos orígenes inverosímiles, por ejemplo, las montañas de la siempre “neutral” Suiza. Pongamos que un nombre rimbombante, El Verificador (The Verificator sería en su original de, yo qué sé, DC Comics). Pongamos todo eso y tenemos al superhéroe de todo a un euro que se ha inventado Pedro Sánchez para salvar al país antes conocido como España de la amenaza de la Derecha. Un personaje que es un concepto, como El Campo de Violín creado por Neil Gaiman, un ser del Reino de los Sueños que era en realidad un lugar.

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Las manifas

No soy de manifas. Quizá debería salir a la calle como hacen muchos amigos de un lado y otro. Pero no me ha dado nunca por ahí. Siempre me han parecido legítimas -las ampara la Constitución, si es que aún vale para algo- pero, a la vez, hay en ellas un sabor a frustración, un desafío a otros mecanismos democráticos: el voto, la autoridad de las instituciones, la libertad de prensa. La manifa es consigna y bulla, imposición por los números. Es conmigo o contra mí. Iría a una manifa donde se acogiera a alguien con una pancarta a la contra, pero eso es pedirle poesía al barro.

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30 monedas

Le tomo prestado el título al gran Álex de la Iglesia. No porque su nueva serie me ponga, que me está dejando frío desde el primer capítulo -tendré que darle otra oportunidad-, sino por la cosa de Judas y el vil estipendio del beso. Por poco venden algunos a su amigo y otros por menos a su madre. Y algunos, por treinta cucas -quien dice eso dice cuatro años más de figurar en Wikipedia o de volar en Falcon-, a su país. Ya sabrá el lector que Roma no paga traidores, y nada debe esperar el votante “progresista” de Junts, Junqueras, Puchi y la mare que els va parir.

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¡Hombre, ya!

He visto una cosa titulada Tres mil años esperándote -me la ha colado que la dirige George Miller, el loco de la soberbia Mad Max Fury Road-, un petardo importante con ínfulas filosófico-literarias sobre un genio en una botella y una ‘narratóloga’ que lo libera, interpretados por Idris Elba y Tilda Swinton. Las mil y una noches con moralina hollywoodiense. Dice el genio que sabe lo que desean todas las mujeres. Criatura… Por esas ya pasó Mel Gibson en otra peli mucho más ingeniosa aunque sin genio. Ya empezaba a asomar en EE UU el nuevo feminismo y había que contentar a la Amazonía sacrificando al macho libre, al Don Juan, al vividor.

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Ibáñez

Mi infancia son recuerdos de un cómic de la T.I.A., sin huerto claro ni limonero, pero con inventos absurdos del profesor Bacterio. Una de mis primerísimas lecturas fue El sulfato atómico. Imposible ser niño y no descuajeringarse con Mortadelo y Filemón, el Superintendente Vicente y Ofelia, cuando aún se podían hacer chistes sobre gordas. Si no fue el primer cómic que entró en mi vida, en la que nunca han faltado después las viñetas, poco le falta.

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Trump, ¿otra vez?

Lo peor de unas elecciones es que la cosa esté en a quién no votar. Me viene ocurriendo desde hace años en España. Domingos electorales con pinzas nasales. El partido que no mancha, tizna, y los que llegaron para salvar al país dan risa o miedo (o ambas). Hay quien viene de serie con un carné de afiliado en la guantera. Otros, que no somos partisanos ni camisas pardas, nos sentimos ante la urna como un belga por soleares. “Qué vienen los nuestros”, bromeaba Forges, y ponte a averiguar quiénes son cuando no estás casado con ningunas siglas y solo te guían algunas convicciones (pocas). La vida al raso es complicada, se vive mejor al calor de algún chiringo. A cambio, el ciudadano libre duerme a pierna suelta.

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